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"Jamás
el género humano tuvo a su disposición tantas
riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico.
Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre
y miseria". Estas líneas pertenecen a un documento
eclesial, Gaudium et Spes, escritas hace ¡40 años!
Y las cosas siguen iguales. Hoy el gran desafío
de la comunidad internacional es la pobreza. La riqueza
crece, pero también la pobreza. Los grandes valores
del Evangelio son la justicia, la solidaridad, la verdad,
la libertad. El anuncio de estos valores implica también
la denuncia de situaciones que son contrarias a la dignidad
de la persona humana. El gran desafío es revertir
la pobreza.
Pero algunos siguen pensando que los pobres son una
carga.
La Iglesia normalmente no habla de pobreza en abstracto,
sino de pobres. Voy a recordar al gran papa Juan Pablo
II. Él decía que los pobres no son una carga,
sino recursos. Hay que realizar, a través de su
emancipación, su promoción, un mundo mejor
para todos.
¿Y la voz de la Iglesia ha sido lo suficientemente
fuerte y consistente como para contribuir a cambiar estas
situaciones?
La Iglesia tiene una competencia a nivel social, de tipo
religioso y moral. Su compromiso frente al cambio social,
político y económico es sobre todo educativo
y de formación de las conciencias. No se puede
realizar una auténtica revolución si no
se realiza la revolución de los corazones. Este
es el itinerario que propone la Iglesia en su doctrina
social. El marxismo dice que si cambian las estructuras,
cambian los hombres. La Iglesia dice: hay que cambiar
a los hombres para cambiar las estructuras.
Con el Concilio Vaticano II la Iglesia abrió
sus puertas para aproximarse al mundo moderno, pero de
pronto cambió el escenario y hoy nos encontramos
ante un mundo posmoderno.
Es verdad. Se va cambiando el paradigma del diálogo
entre la Iglesia y el mundo. Cuando se escribió
la Gaudium et Spes (Luz y Esperanza), nos encontrábamos
en un momento de las razones de los modernos. Eran razones
fuertes, nacidas en el siglo XVIII con perspectivas fuertes,
seguras de sí mismas. La posmodernidad es una fase
que no tiene la misma fuerza. Se habla de pensamiento
débil. Queda la sensación de un tren que
no sabe hacia dónde va. Creo que el gran desafío
de la Iglesia es sostener la razón, mejor dicho,
las razones de la razón y ofrecer al mundo la esperanza
de que es posible un humanismo nuevo, solidario y justo.
¿Entonces, cuáles serían los principales
problemas?
El gran problema del mundo de hoy, sobre todo en el contexto
occidental, es la falta de esperanza. También la
crisis de orientación. Todo esto tiene consecuencias
en el nivel de la política, de la economía,
de la convivencia social.
El papa Benedicto XVI también ha advertido sobre
el relativismo...
La cuestión sobre la verdad, así como la
referida a la autoridad, creo, son las dos cuestiones
que hoy plantea al mundo lo que usted llama la posmodernidad.
Cada individuo construye su escala de valores y surge
un gran relativismo ético. El problema es cómo
llegar a organizar una convivencia democrática,
aceptable, que nos permita avanzar y realizar el bien
común.
¿Esta situación no estaría diciéndonos
que, de algún modo, la tarea de la Iglesia, no
solo la jerarquía sino de toda la Iglesia, no ha
sido lo suficientemente sólida como para contrarrestarlo?
Como en un pentagrama, hay muchas notas en esta confrontación
con la posmodernidad. No se puede hablar de una actitud
única. Hay un nivel muy rico de actitudes ante
la realidad de la posmodernidad. Hay un fenómeno
muy interesante en Europa y es que líderes del
pensamiento laico están muy atentos a lo que dice
la Iglesia, sobre todo este Papa. A ellos los llaman los
ateos devotos. Es un fenómeno nuevo, muy interesante.
Me parece que no solo está naciendo una actitud
de la Iglesia, sino también una al interior de
la cultura moderna, de atención a las razones de
la Iglesia.
Por otro lado, una de las instituciones que ha sufrido
con mayor fuerza es la familia.
Hay muchos factores que afectan a la familia y que la
colocan en dificultades: razones culturales, de transformación
social y económica. Por ejemplo, es importante
reflexionar sobre el cambio del rol de la identidad de
la mujer, lo que sigue siendo la mayor revolución
sociocultural de nuestro tiempo. Todo esto reescribirá
los roles al interior de la familia. Pero hay mirar las
transformaciones con esperanza. No todo es dramático.
Algunas lo serán, pero creo que este cambio radical
del modelo de familia presentará un modelo de familia
más amical, más comprensivo, con roles más
iguales entre el hombre y la mujer. Con relaciones más
complejas. Creo que es posible mirar con optimismo estos
cambios.
¿La globalización ha contribuido a la
solución de las discrepancias sobre las que ya
nos hablaban los documento conciliares?
La doctrina social de la Iglesia, y sobre todo Juan Pablo
II, no tiene una actitud contraria a la globalización
que no es el paraíso, tampoco el infierno. Hay
que tener una actitud equilibrada. Puede ser una gran
oportunidad para conectar las diferentes economías,
los pueblos, las culturas. La actitud fundamental de la
Iglesia que, por ser católica, es esencialmente
universal no puede inscribirse en el partido de lo no
global. Ella es católica y global.
Un tema pendiente es el trato diferente que se da a
los trabajadores de un país pobre en relación
con los de uno rico. Al primero se termina considerándolo
como simple mano de obra barata.
En la historia existen los llamados pasajes difíciles
para el trabajo. Ocurrió en la época de
la industrialización y también ocurre hoy.
Hay muchas dificultades para respetar los derechos de
los trabajadores. La posición, en el nivel de la
doctrina de la Iglesia es clara: que el trabajador no
es una mercadería que se puede comprar y vender.
El derecho de los trabajadores es uno de los puntos firmes
de la doctrina social de la Iglesia. Debe haber un compromiso
internacional más firme para cumplir con los derechos
de los trabajadores. Es un desafío enorme. La globalización
tiende a plantear el conflicto no entre capital y trabajo,
sino entre los trabajadores de los países ricos
y los de los países pobres. El capital hoy abandona
a los trabajadores de los países ricos y va a buscar
a los de los países pobres.
Al mismo tiempo los trabajadores han ido perdiendo
una serie de derechos. Los sindicatos perdieron fuerza.
La Iglesia es contraria a la lucha de clases, pero no
es contraria al conflicto social. Una sociedad democrática
vive también del conflicto, pero no ideológico
ni violento. Hay conflictos que son condenables, pero
otros son positivos.
Juan Pablo II advertía acerca del peligro de
degenerar en un capitalismo salvaje.
La Iglesia no está contra el capital, pero quiere
que el mercado sea regulado. La gran cuestión es
quién regula el mercado. Ese es el gran desafío.
Los teóricos del neoliberalismo dicen que el mercado
es todo, un dios que no se puede tocar. Se han olvidado
de que la ética es el recurso más importante
para una economía eficiente y eficaz. Muchos organismos
internacionales de carácter financiero dicen hoy
que no se puede llevar adelante la racionalidad económica
sin una conexión con de la ética.
Usted dice ni lucha de clase ni un mercado desbocado.
¿Estaríamos hablando de una tercera vía?
El problema no es una cuestión de primera, segunda
o tercera vía, sino cómo colocarse frente
al único sistema económico que prácticamente
existe en el mundo que es la economía de mercado.
Hay muchas teorías que dicen que el mercado debe
ser libre y que con su libertad realiza todo el bien del
mundo. Esa no es la posición de la Iglesia.
Hablar de doctrina social de la Iglesia puede causar
escozor, pues algunos piensan que la Iglesia se estaría
metiendo en política.
La Iglesia vive en la historia, al interior de la sociedad
y el Evangelio que predica tiene, naturalmente, implicaciones
sociales, políticas y económicas con un
compromiso que cumple a través de su misión
evangelizadora. La doctrina social de la Iglesia es la
proyección social del mensaje de Jesucristo.
Por Marco Méndez Campos
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