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Nuestro
País acaba de vivir una experiencia de solidaridad entre
los Líderes de la Economía Asia-Pacífico
que nos alienta y se manifiesta en diversos acuerdos de cooperación
mutua e intercambio comercial en pro del bienestar de nuestros
pueblos; asimismo percibimos, entre nosotros, signos de esperanza
por el crecimiento macroeconómico y las nuevas oportunidades
de desarrollo que se abren al Perú; sin embargo, tenemos
que reconocer todavía los graves problemas que nos aquejan
y que se vuelven persistentes: la injusticia social, la inestabilidad
económica, la enorme desigualdad entre las personas y los
pueblos, el flagelo de la corrupción, la violencia social
y política en todas sus manifestaciones y expresiones.
La presencia de la corrupción en la esfera pública
genera en la sociedad una desconfianza sistemática frente
a las instituciones estatales y públicas. Todos somos testigos
de conductas deplorables de corrupción; por ello alentamos
la iniciativa del Gobierno de un Plan integral contra la corrupción,
tanto en su aspecto preventivo, como punitivo.
Constatamos también que los reclamos sociales se han multiplicado
en las diferentes regiones de nuestra Patria, por lo que urge
promover un diálogo respetuoso entre las partes, buscando
consensos con los mecanismos más adecuados. Corresponde,
en primer lugar, a las autoridades del Gobierno Central y Regional
la responsabilidad fundamental de promover este diálogo,
teniendo presente que dialogar, siempre es un buen camino, pero
requiere de las partes un esfuerzo sincero por comprender al otro
y una gran disposición en buscar y estar abiertos a la
verdad, pues no se puede dialogar bajo la amenaza y la violencia
que sólo promueven el odio y la distancia.
Como pastores de la Iglesia nos preocupa muy seriamente la inmoralidad
reinante que corrompe conciencias, conductas y degrada los valores
fundamentales de la vida, del matrimonio y la familia; por eso
invocamos, especialmente la actitud profesional y responsable
de los Medios de Comunicación Social, cuya labor debe estar
siempre inspirada y sostenida por criterios firmes y éticos,
sobre todo por el respeto a la persona, a los valores permanentes
que sustentan a la familia y por el amor a la verdad.
El Adviento nos invita a mirar con fe y esperanza la venida del
Salvador Jesucristo que nos abre a una nueva dimensión;
que nos conduce a la conversión interior y exterior, a
ser más hermanos, a la oración y a un esfuerzo sincero
en la búsqueda de un Cristo Vivo encarnado en cada uno
de nosotros. La Sagrada Escritura nos lleva al encuentro de ese
Cristo esperado que ya vino, que viene todos los días y
que volverá al final de los tiempos como príncipe
de la Paz. El Adviento es un buen momento para la conversión,
el perdón y la reconciliación que todos debemos
poner en práctica para una convivencia fraterna.
En este sentido, los Obispos del Perú hacemos un llamado
a las autoridades, a todos los sectores de la sociedad, a todos
los hombres y mujeres de buena voluntad para que juntos asumamos
responsable y solidariamente la parte que nos toca en la tarea
de pacificar y construir un Perú más justo y solidario
que garantice una vida digna a todos los peruanos, incluidos los
más necesitados.
La Iglesia invoca a Dios Todopoderoso y a la Virgen María,
Madre del Redentor y Madre Nuestra, para que en este tiempo de
Adviento remueva nuestros corazones y nos prepare para el encuentro
con Jesús, que viene a salvarnos, a compartir nuestra vida
y a traer la paz a nuestros espíritus.
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