“Una Iglesia en salida” es la solicitud constante de Papa Francisco, una Iglesia en la que todos los cristianos habiendo experimentado el amor y la misericordia de Dios, somos constituidos pregoneros del Evangelio con nuestra vida. Ningún “discípulo - dice el Papa - recibe el don del amor de Dios como un consuelo privado”, sino para servicio de toda la comunidad. Por lo mismo la pastoral vocacional reclama de cada uno de los que formamos la Iglesia, una mayor participación y corresponsabilidad, a tal punto de ir creando y fortaleciendo en cada ámbito de la sociedad una Cultura Vocacional, tarea hoy tanto más urgente cuanto que vemos cómo el poder de la presión social se hace más fuerte y quiere incluso obligarnos a pensar de espaldas al evangelio de Jesucristo, dificultando de ese modo el cultivo de las vocaciones, es pues necesario suscitar esa atmósfera y ese fondo que puedan disponer al joven al discernimiento de lo que Dios le pide y abrazar libremente la propia vocación de vida a la que están llamados dentro de la Iglesia.

“A todos nos toca recomenzar desde Cristo” (Cf. NMI 28-29), de mano de María santísima, mujer de su tiempo y contexto, ejemplo de discernimiento y respuesta libre de prejuicios y cálculos egoístas, que con su Sí valiente y fiel al Señor, se hace modelo de libertad humana, por ello cumple un rol fundamental en el discernimiento vocacional que todo acompañamiento espiritual debe tener en cuenta.
Todos estos puntos resaltados forman parte de la preocupación e interés de la presente Guía Metodológica que esperamos sea de gran ayuda para cada uno, nos ayude a tomar conciencia de que todos somos promotores vocacionales, de que la “Iglesia es una comunidad de comunidades para la misión.”

En esta Semana de Oración por las vocaciones, oremos sin cesar unos por otros y supliquemos con confianza al Señor: sacerdotes, religiosas, laicos que con alegría “gasten su vida al servicio del Evangelio”.

Con mi bendición de Padre y Pastor:
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+ Monseñor Marco Antonio Cortez Lara
Obispo de Tacna y Moquegua
Presidente de la Comisión Episcopal de Vocaciones y Ministerios

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Estamos próximos a celebrar como cada año la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que celebra esta vez su 54º edición, renovando en la Iglesia la conciencia sobre la necesidad de pedir continuamente a Dios nuevas y Santas vocaciones al servicio de la Iglesia.

Con el fin de promover esta sensibilidad y esta conciencia la Comisión Episcopal de Vocaciones y Ministerios ha elaborado la Guía Metodológica Vocacional que es distribuida a nivel nacional, es decir, en todas las jurisdicciones eclesiásticas del país y es ofrecida como un subsidio pastoral que aliente el destacable trabajo de los animadores y promotores vocacionales, especialmente de los párrocos.

En esta vigésima edición de nuestra Guía Metodológica presentamos algunos artículos que nos acercan desde distintos puntos de vista a la realidad vocacional: reflexionamos sobre la participación y corresponsabilidad eclesial en la Pastoral Vocacional, nos planteamos la importancia del acompañamiento espiritual en el proceso de maduración vocacional, nos aproximamos a la cada vez más invocada noción de “cultura vocacional” y sus alcances y nos detenemos con especial atención a considerar la presencia de la Santísima Virgen María en el discernimiento vocacional.

Nuestra Guía también incluye otros recursos y textos de interés, entre los cuales valoramos siempre con especial gratitud los testimonios vocacionales.

Con el deseo de que este modesto material contribuya a enriquecer los esfuerzos e iniciativas locales en orden a promover las vocaciones, agradecemos especialmente a quienes de forma generosa han contribuido a la elaboración de esta publicación: A nuestros hermanos sacerdotes autores de los artículos: Pbro. Jaume Benaloy, P. José Luis Correa, P. Ricardo Rebolleda, OAR. También a los autores de los testimonios vocacionales: Hna. Diana Carolina Villarreal y P. Marcos Mario Bubniak, CS.

Acojamos el llamado del Santo Padre Francisco y “empujados por el Espíritu”
celebremos con entusiasmo esta 54º Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, dando testimonio de la grandeza de Aquel que nos ha llamado a seguir sus pasos.



Pbro. Jaime Horacio Llamas Vega
Secretario Ejecutivo de la Comisión
Episcopal de Vocaciones y Ministerios





ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

Oh Jesús,
Pastor eterno de las almas,
dígnate mirar con ojos de misericordia
a tu pueblo amado.
Señor,
danos vocaciones,
danos sacerdotes, religiosos
y consagrados santos.
Te lo pedimos por la Inmaculada
Virgen María,
tu dulce y Santa Madre.
Oh Jesús, danos sacerdotes,
religiosos y consagrados
según tu corazón.
Amén.


Comisión Episcopal de Seminarios y Vocaciones

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EL PRÓXIMO 7 DE MAYO SERÁ LA 54ª JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

El próximo domingo 7 de mayo, se celebrará la 54ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que en nuestro país es animada por la Comisión Episcopal de Vocaciones y Ministerios. Para difundir este evento, se ha elaborado una Guía Metodológica Vocacional, con el tema: “Impulsados por el Espíritu para la Misión”.

Asimismo, otros subsidios que ha entregado la Comisión Episcopal de Vocaciones para la celebración de esta jornada es: el Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y estampas con una Oración por las Vocaciones. Todo este material ya ha sido compartido con diferentes comunidades y parroquias para promover el espíritu de oración por las vocaciones.

En la Guía Metodológica, Monseñor Marco Antonio Cortez Lara, Obispo de Tacna y Moquegua y Presidente de la Comisión Episcopal de Vocaciones y Ministerios, recuerda la solicitud constante del Papa Francisco, de una “Iglesia en salida”, en la que todos los cristianos habiendo experimentado el amor y la misericordia de Dios, somos constituidos pregoneros del Evangelio con nuestra vida.

“Por ello –dice el Obispo- la pastoral vocacional reclama de cada uno de los que formamos la Iglesia, una mayor participación y corresponsabilidad, a tal punto de ir creando y fortaleciendo en cada ámbito de la sociedad una Cultura Vocacional, tarea hoy tanto más urgente cuanto vemos cómo el poder de la presión social se hace más fuerte y quiere incluso obligarnos a pensar de espaldas al Evangelio de Jesucristo, dificultando de ese modo el cultivo de las vocaciones”.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 54º JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

Empujados por el Espíritu para la Misión

Queridos hermanos y hermanas:

En los años anteriores, hemos tenido la oportunidad de reflexionar sobre dos aspectos de la vocación cristiana: la invitación a «salir de sí mismo», para escuchar la voz del Señor, y la importancia de la comunidad eclesial como lugar privilegiado en el que la llamada de Dios nace, se alimenta y se manifiesta

Ahora, con ocasión de la 54 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, quisiera centrarme en la dimensión misionera de la llamada cristiana. Quien se deja atraer por la voz de Dios y se pone en camino para seguir a Jesús, descubre enseguida, dentro de él, un deseo incontenible de llevar la Buena Noticia a los hermanos, a través de la evangelización y el servicio movido por la caridad. Todos los cristianos han sido constituidos misioneros del Evangelio. El discípulo, en efecto, no recibe el don del amor de Dios como un consuelo privado, y no está llamado a anunciarse a sí mismo, ni a velar los intereses de un negocio; simplemente ha sido tocado y trasformado por la alegría de sentirse amado por Dios y no puede guardar esta experiencia solo para sí: «La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera» (Exht. Ap. Evangelium gaudium, 21).

Por eso, el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor.

Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria. No hay lugar para el temor: es Dios mismo el que viene a purificar nuestros «labios impuros», haciéndonos idóneos para la misión: «Ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?”. Contesté: “Aquí estoy, mándame”» (Is6,7-8).

Todo discípulo misionero siente en su corazón esta voz divina que lo invita a «pasar» en medio de la gente, como Jesús, «curando y haciendo el bien» a todos (cf. Hch10,38). En efecto, como ya he recordado en otras ocasiones, todo cristiano, en virtud de su Bautismo, es un «cristóforo», es decir, «portador de Cristo» para los hermanos (cf. Catequesis, 30 enero 2016). Esto vale especialmente para los que han sido llamados a una vida de especial consagración y también para los sacerdotes, que con generosidad han respondido «aquí estoy, mándame». Con renovado entusiasmo misionero, están llamados a salir de los recintos sacros del templo, para dejar que la ternura de Dios se desborde en favor de los hombres (cf. Homilía durante la Santa Misa Crismal, 24 marzo 2016). La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes así: confiados y serenos por haber descubierto el verdadero tesoro, ansiosos de ir a darlo a conocer con alegría a todos (cf. Mt13,44).

Ciertamente, son muchas las preguntas que se plantean cuando hablamos de la misión cristiana:
¿Qué significa ser misionero del Evangelio? ¿Quién nos da la fuerza y el valor para anunciar?
¿Cuál es la lógica evangélica que inspira la misión?A estos interrogantes podemos responder contemplando tres escenas evangélicas: el comienzo de la misión de Jesús en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc4,16-30), el camino que él hace, ya resucitado, junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc24,13-35), y por último la parábola de la semilla (cf. Mc4,26-27).

Jesús es ungido por el Espíritu y enviado.Ser discípulo misionero significa participar activamente en la misión de Cristo, que Jesús mismo ha descrito en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc4,18). Esta es también nuestra misión: ser ungidos por el Espíritu e ir hacia los hermanospara anunciar la Palabra, siendo para ellos un instrumento de salvación.

Jesús camina con nosotros. Ante los interrogantes que brotan del corazón del hombre y ante los retos que plantea la realidad, podemos sentir una sensación de extravío y percibir que nos faltan energías y esperanza. Existe el peligro de que veamos la misión cristiana como una mera utopía irrealizable o, en cualquier caso, como una realidad que supera nuestras fuerzas. Pero si contemplamos a Jesús Resucitado, que camina junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc24,13-15),
nuestra confianza puede reavivarse; en esta escena evangélica tenemos una auténtica y propia «liturgia del camino», que precede a la de la Palabra y a la del Pan partido y nos comunica que, en cada uno de nuestros pasos, Jesús está a nuestro lado. Los dos discípulos, golpeados por el escándalo de la Cruz, están volviendo a su casa recorriendo la vía de la derrota: llevan en el corazón una esperanza rota y un sueño que no se ha realizado. En ellos la alegría del Evangelio ha dejado espacio a la tristeza. ¿Qué hace Jesús? No los juzga, camina con ellos y, en vez de levantar un muro, abre una nueva brecha. Lentamente comienza a trasformar su desánimo, hace que arda su corazón y les abre sus ojos, anunciándoles la Palabra y partiendo el Pan. Del mismo modo, el cristiano no lleva adelante él solo la tarea de la misión, sino que experimenta, también en las fatigas y en las incomprensiones, «que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 266).

Jesús hace germinar la semilla. Por último, es importante aprender del Evangelio el estilo del anuncio. Muchas veces sucede que, también con la mejor intención, se acabe cediendo a un cierto afán de poder, al proselitismo o al fanatismo intolerante. Sin embargo, el Evangelio nos invita a rechazar la idolatría del éxito y del poder, la preocupación excesiva por las estructuras, y una cierta ansia que responde más a un espíritu de conquista que de servicio. La semilla del Reino, aunque pequeña, invisible y tal vez insignificante, crece silenciosamente gracias a la obra incesante de Dios: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo» (Mc4,26-27). Esta es nuestra principal confianza: Dios supera nuestras expectativas y nos sorprende con su generosidad, haciendo germinar los frutos de nuestro trabajo más allá de lo que se puede esperar de la eficiencia humana.

Con esta confianza evangélica, nos abrimos a la acción silenciosa del Espíritu, que es el fundamento de la misión. Nunca podrá haber pastoral vocacional, ni misión cristiana, sin la oración asidua y contemplativa. En este sentido, es necesario alimentar la vida cristiana con la escucha de la Palabra de Dios y, sobre todo, cuidar la relación personal con el Señor en la adoración eucarística, «lugar» privilegiado del encuentro con Dios.

Animo con fuerza a vivir esta profunda amistad con el Señor, sobre todo para implorar de Dios nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. El Pueblo de Dios necesita ser guiado por pastores que gasten su vida al servicio del Evangelio. Por eso, pido a las comunidades parroquiales, a las asociaciones y a los numerosos grupos de oración presentes en la Iglesia que, frente a la tentación del desánimo, sigan pidiendo al Señor que mande obreros a su mies y nos dé sacerdotes enamorados del Evangelio, que sepan hacerse prójimos de los hermanos y ser, así, signo vivo del amor misericordioso de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, también hoy podemos volver a encontrar el ardor del anuncio y proponer, sobre todo a los jóvenes, el seguimiento de Cristo. Ante la sensación generalizada de una fe cansada o reducida a meros «deberes que cumplir», nuestros jóvenes tienen el deseo de descubrir el atractivo, siempre actual, de la figura de Jesús, de dejarse interrogar y provocar por sus palabras y por sus gestos y, finalmente, de soñar, gracias a él, con una vida plenamente humana, dichosa de gastarse amando.

María Santísima, Madre de nuestro Salvador, tuvo la audacia de abrazar este sueño de Dios, poniendo su juventud y su entusiasmo en sus manos. Que su intercesión nos obtenga su misma apertura de corazón, la disponibilidad para decir nuestro «aquí estoy» a la llamada del Señor y la alegría de ponernos en camino, como ella (cf. Lc1,39), para anunciarlo al mundo entero.

Vaticano, 27 de noviembre de 2016

Primer Domingo de Adviento

Francisco


 

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