Angelo Roncali era un hombre con una paciencia serena, capaz de soportar los problemas y las pruebas de la vida. Desde joven hizo el propósito de alimentar siempre la Fe, de no dejarla envejecer, tratando de permanecer siempre niño ante Dios, como enseña Jesús en el Evangelio.

Fue un sacerdote libre de ambiciones de carrera y capaz de cordial colaboración. Como Obispo antes y como Romano Pontífice después, supo siempre curar una forma colegial en el ejercicio de la autoridad, con un cuidado especial por los sacerdotes y su formación, así como por los laicos, invitándolos a un apostolado responsable. Es a partir de ese constante deseo de hacer crecer la Fe que se empeñó en favorecer la participación activa de los fieles en la liturgia y manifestó siempre una gran sensibilidad ecuménica.

Su vida de fe se expresó en formas de piedad popular: el culto eucarístico en sus diferentes manifestaciones como la visita y la adoración al Santísimo Sacramento, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, la devoción a la Santísima Virgen mediante el rezo del Rosario y la visita a tantos santuarios, la veneración de los santos, la oración por los difuntos y las peregrinaciones.

Fue capaz de comunicar, prefiriendo formas simples e inmediatas, con imágenes de la vida cotidiana, logrando así entrar inmediatamente en el corazón de las personas.

Su santidad lo llevó a indicar las vías de renovación en la gran huella de la tradición eclesial.

 
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