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Discurso inaugural de Monseñor Miguel Cabrejos Vidarte, OFM

1.- Cuando preguntamos ¿cuál es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia? La respuesta de la Iglesia ha sido y será siempre: el amor, la caridad, porque el amor es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, es su promesa y es nuestra esperanza. El amor es el principio de las micro-relaciones: amistades, familia, pequeño grupo y también de las macro-relaciones: sociales, comunitarias, económicas y aún políticas.

2.- El amor, también es una fuerza que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Todos percibimos el impulso interior de amar de manera auténtica. Por otro lado, hay un proyecto de Dios en cada uno, que la tradición viva de la Iglesia y la Encíclica llama “verdad”. Amor y verdad nunca nos abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha sembrado en el corazón y en la mente de cada ser humano.

3.- Todos tenemos un germen divino. La vida de Dios está en cada uno de nosotros, basta recordar el soplo de Dios en la creación del hombre. Insufló en sus narices un aliento de vida nos dice el Génesis para explicar el momento perdido en la noche de los tiempos en que el hombre es hombre, persona humana con dignidad.

4.- Todos tenemos “el espíritu de Dios” en nuestras vidas y por eso buscamos y anhelamos el encuentro con lo divino. Por eso el corazón del hombre no se sacia con nada que tenga la marca de la caducidad, de lo terreno y por eso tenemos una conciencia que nos habla y nos dice cuando actuamos bien o mal.

5.- También somos conscientes de las desviaciones y la pérdida de sentido que ha sufrido y sufre el amor, de ser mal entendido, o excluido de la ética vivida. En el ámbito social, jurídico, cultural, político y económico, se afirma con facilidad su irrelevancia. Por ello siguiendo la Encíclica “Caritas in Veritate” debemos prestar un servicio al amor, iluminado por el proyecto que Dios tiene sobre el hombre y dar fuerza a esta verdad, a este proyecto de Dios en cada uno de nosotros. Esto es algo de mucha importancia, en un contexto social y cultural, que con frecuencia relativiza esta verdad, o desentendiéndose de ella, o rechazándola.

6.- El proyecto de Dios que tiene sobre el hombre es luz que da sentido y valor a la caridad. Sin la conciencia del proyecto de Dios sobre el hombre, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin Dios. Una palabra de la que se abusa y se distorsiona.

7.- Un cristianismo de caridad sin Dios se confunde con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales. De este modo, en la sociedad no habría un verdadero y propio lugar para Dios. Sin Dios la caridad es relegada a un ámbito reducido y privado.

8.- Si aceptamos que la caridad es un don de Dios, es entonces amor recibido y ofrecido. De esto hay que tener conciencia. El ser humano es destinatario del amor, es sujeto de amor y es llamado a ser instrumento para difundir la caridad de Dios y para tejer redes de caridad.

9.- La doctrina social de la Iglesia responde a esta dinámica de caridad recibida y ofrecida. Es “caritas in veritate in re sociali”.

10.- El Papa Benedicto XVI nos hace ver que “Caritas in veritate” adquiere forma operativa con criterios orientadores como la justicia y el bien común y la justicia es la primera vía de la caridad o, como dijo Pablo VI, su “medida mínima”. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos. Y no puedes “dar” al otro de lo tuyo sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Además, la justicia es reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los pueblos.

11.- El bien común: Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese “todos nosotros”. Trabajar por el bien común es cuidar y utilizar el conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social. Todo cristiano está llamado a incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional —también política, dice la Encíclica— de la caridad, no menos cualificada de la caridad que va al encuentro directo con el prójimo.

12.- La Encíclica nos recuerda que Pablo VI ha afirmado que el anuncio de Cristo es el primero y principal factor de desarrollo y nos ha dejado la consigna de caminar por la vía del desarrollo con todo nuestro corazón y con toda nuestra inteligencia. Por eso, el amor sembrado por el Divino Creador en nuestros corazones es lo que abre nuestra vida al don y hace posible esperar en un “desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres”, en el tránsito “de condiciones menos humanas a condiciones más humanas”, que se obtiene venciendo las dificultades que se encuentran en el camino.

13.- Estamos llamados a encarnar una auténtica actitud de servicio, porque sólo así es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. El compartir los bienes y recursos, no se asegura sólo con el progreso técnico y relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor que vence al mal con el bien y abre la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad.

14.- Se pone de relieve que "el desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia", por lo cual “este pensamiento obliga a una profundización crítica y valorativa de la categoría de la relación". Así, "el tema del desarrollo coincide con el de la inclusión relacional de todas las personas y de todos los pueblos en la única comunidad de la familia humana que se construye en la solidaridad sobre la base de los valores fundamentales de la justicia y la paz" (ib.53-54.).

15.- La palabra clave que expresa mejor esta exigencia, es la fraternidad. Mientras la solidaridad permite a los desiguales llegar a ser iguales en virtud de su igual dignidad y de sus derechos fundamentales, el principio de fraternidad permite a los iguales ser diferentes, en el sentido de que pueden expresar de modo diverso su proyecto de vida o su carisma.

16.- De la encíclica se desprende que lo importante es que una sociedad orientada al bien común no puede contentarse con la solidaridad, sino que necesita una solidaridad que refleje la fraternidad, dado que, mientras la sociedad fraterna también es solidaria, la sociedad solidaria no siempre es fraterna.

17.- Caritas in Veritate nos hace tomar conciencia de que la sociedad no es capaz de futuro si se disuelve el principio de fraternidad; no es capaz de progresar si existe y se desarrolla sólo con la lógica del "dar para tener" o del "dar por deber".

18.- Además, la doctrina social de la Iglesia toma como su piedra angular el "estar con". Es preciso situarse en la perspectiva de la persona que actúa y no en la perspectiva del espectador imparcial. Dado que el bien moral es una realidad práctica, lo conoce principalmente no quien lo teoriza, sino quien lo practica.

19.- En esta perspectiva, como miembros de la familia humana y teniendo en cuenta el “estar con” la Encíclica habla sobre los derechos humanos.

20.- Los derechos humanos "no son creados por el legislador, ni conferidos a los ciudadanos; "más bien, existen por derecho propio y el legislador debe respetarlos siempre". Esta validez de la dignidad humana previa a toda acción política y a toda decisión política remite en definitiva al Creador: sólo él puede establecer valores que se fundan en la esencia del hombre y que son intocables. El hecho de que existan valores que no pueden ser manipulados por nadie es la verdadera garantía de nuestra libertad, de la grandeza humana y del fin trascendente al que está llamado.

21.- Por eso, Benedicto XVI insiste que "se corre el riesgo de que no se respeten los derechos humanos" cuando "se les priva de su fundamento trascendente" es decir, cuando se olvida que "Dios es el garante del verdadero desarrollo del hombre en cuanto, habiéndolo creado a su imagen, funda también su dignidad trascendente", como hemos mencionado recientemente.

Conclusión

1.- La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer y no pretende “de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados”. No obstante, tiene una misión que cumplir en todo tiempo y circunstancia en favor de una sociedad a medida de su dignidad.

2.- La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad de la trascendencia del hombre para evitar caer en una visión empirista y escéptica de la vida, e incapaz de elevarse sobre la praxis. La fidelidad al hombre también exige la posibilidad de un desarrollo humano integral.

3.- Para la Iglesia, esta misión es irrenunciable. Su doctrina social es una dimensión de este anuncio: está al servicio de la verdad que libera. Abierta a la verdad, de cualquier saber que provenga, la doctrina social de la Iglesia la acoge, recompone en unidad los fragmentos en que a menudo la encuentra, y se hace su portadora en la vida concreta siempre nueva de la sociedad de los hombres y los pueblos.

4.- Las enseñanzas están allí, el reto es aplicarlos, hacerlas realidad en nuestras vidas y en nuestra sociedad.

5.- Por eso quiero finalizar retomando la pegunta que en el A.T Josué hizo al pueblo de Israel: “Escuchad, hoy, ¿a quién queréis servir? ¿A los ídolos o al Dios liberador de la esclavitud? Jesús mismo preguntó a sus discípulos si querrían dejarlo, dado que muchos se alejaron de Jesús por la exigencia de sus enseñanzas.
Lo esencial de la pregunta es la decisión frente a la Verdad eterna y al Amor auténtico, elemento fundamental, absoluto, en la historia de cada hombre. Es una elección radical porque lleva la decisión por el Dios viviente y exigente en contra de los ídolos pasajeros, muertos y cómodos.

6.- Nuestra decisión es como una respuesta al Deut. 30,15: “Escoge la vida, amando al Señor tu Dios, obedeciendo su voz; y manteniéndote unido a Él”. dice “Escoge la vida, amando”, porque el Amor es la estrella más luminosa que Dios nos presenta en la existencia, y porque es la cláusula fundamental y única de la nueva Alianza con Dios.

7.- La prueba de que hemos sido creados a imagen de Dios Trino es ésta: sólo el amor nos hace felices, porque vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en su “genoma” la huella profunda de Dios-Amor y lleva también el germen Divino expresado en el soplo de Dios en la Creación y el “Soplo” del Espíritu Santo dado por Jesús a su Iglesia y a sus discípulos.

Lima 25 de Octubre del 2010

+ Miguel Cabrejos Vidarte, OFM.
Arzobispo Metropolitano de Trujillo
Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana


Los audios de las ponencias se hallan en la sección Multimedia







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