Saludo final en la V Conferencia de Aparecida - Cardenal Re

Parte [ 1 ]


2 - Esta Quinta Conferencia debe ayudar a los católicos de América Latina y del Caribe a ser “discípulos y misioneros de Jesucristo” en un contexto cultural y social que cambia muy rápidamente, como ha sido subrayado por muchos.

En estos días hemos dado prueba de que no estamos dispuestos a aceptar pasivamente los cambios, los problemas y los desafíos, sino que los queremos afrontar lúcidamente en la pastoral de cada día con decisión y coraje, sostenidos por la gracia de Dios.

Queremos trabajar junto con los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, las religiosas, los laicos y laicas. El encuentro con Cristo vivo nos lleva a ser testigos y misioneros. Queremos dar testimonio de la fe cristiana y de los valores que se inspiran en ella, no sólo en los ambientes eclesiales, sino también en los múltiples espacios de la vida cotidiana: en la familia, en los lugares de trabajo, en la escuela, en el deporte, en las relaciones sociales, en el compromiso en la vida pública y en todos los areópagos modernos.

En su Discurso inaugural el Papa habló de cómo los fieles, ante esta nueva encrucijada de América Latina, “esperan de esta Conferencia una renovación y una revitalización de la fe en Cristo, nuestro único Maestro y Salvador, así como la experiencia única del amor infinito de Dios a los hombres” (n.2). Ciertamente las dificultades y los desafíos son enormes, pero a la vez son grandes los motivos de esperanza por los inagotables tesoros de fe, de alegría y religiosidad que Dios le ha confiado al pueblo latinoamericano, como lo hemos podido comprobar en este Santuario de Aparecida. Es una fe sencilla y robusta, indudablemtne suscitada y guiada por el Espíritu Santo.

En un mundo que se mueve por los caminos de la globalización, en este momento de la historia de América Latina y del Caribe tenemos necesidad de discípulos de Cristo, iluminados por una fe sólida y animados por un gran amor a Él, que lleguen a ser testigos creíbles y pongan a Dios en el centro de su existencia y de la vida de la sociedad.

Tenemos necesidad de discípulos de Cristo que vivan en plenitud la alegría de ser cristianos y testimonien esta alegría ante el mundo.

Nos vamos de Aparecida como los setenta y dos discípulos enviados por Jesús a anunciar el Reino de Dios (Lc 10,9). Nos vamos con un documento, el Documento de Aparecida, y con mucho más: nos vamos con esta experiencia de comunión, con esta certeza de la presencia de Cristo resucitado que camina a nuestro lado, con la protección y cercanía de María, y con una gran tarea misionera: “Ir y anunciar el Evangelio a todos los pueblos, a todos los ámbitos de la sociedad, a todas las culturas”. Vamos decididos a recorrer todos los caminos de América Latina y del Caribe para llevar a nuestros hermanos de hoy la Buena Nueva de que sólo Jesucristo es la respuesta a los anhelos del corazón humano y a los complejos problemas que vive la sociedad, porque él es el Camino, la Verdad y la Vida. Sólo poniendo a Dios en el centro, América Latina y el Caribe podrán encontrar soluciones justas a los problemas, y caminar hacia un futuro de esperanza. Al partir de Aparecida, nos acompaña la certeza de que Cristo estará siempre con nosotros, hasta el fin de la historia.

El Santuario mariano de Aparecida ha sido el lugar de nuestro encuentro. Este Santuario es también el punto desde el que partimos. La Misión Continental que hemos decidido y que dejamos en las manos de las Conferencias Episcopales y de los Obispos de cada diócesis de América Latina y del Caribe parte idealmente de este Santuario, porque ha nacido bajo la protección de Nuestra Señora Aparecida.

Pidamos a Nuestra Señora Aparecida que nos acompañe. En estos días hemos acudido a su escuela. Ella, que enseñó a los Apóstoles “cuanto conservaba en su corazón” (cf Lc 2, 19-51), será para nosotros la Estrella que guíe nuestros pasos.

Fuente:Celam.info
 
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