Homilía del Cardenal Francisco Javier Errázuriz

Parte
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Comprometida con la vida de las personas y de los pueblos

Describimos la misión nuestra como un envío para que nuestros pueblos en él tengan vida. Participando de la misión de Jesús, nadie como su madre se comprometió con la vida de las personas y de los pueblos. Aquí en su santuario, ella nos invita a partir y a comprometernos resueltamente con la vida.

Nuestra cultura siempre fue favorable a la vida. Las acciones de arrancarla de este mundo, fueron rechazadas. La Virgen María salió presurosa, a apoyar a su pariente estéril para que tuviera la felicidad de traer al hijo tan esperado, a Juan, a este mundo. Y de prisa partió a Egipto con José, para salvar la vida del Niño, que el poderoso de entonces, el rey Herodes, quería extirpar. Proclamaremos de manera convincente que toda vida humana es sagrada, y requiere para sí un trato digno y enaltecedor. Nos seguiremos oponiendo a la pena de muerte, a la violencia, a la tortura, al aborto, a la eutanasia y a la lacerante miseria, que no se condice con la dignidad de la vida humana, que fue creada a imagen y semejanza de Dios. Nuestra opción es la vida para todos, particularmente para los pobres y abandonados. Nuestro no a la anticultura de la muerte nace con fuerza de nuestro sí a la vida.

Es sorprendente la identificación de la Virgen con la vida de su pueblo. La contempla desde los ojos de Dios, y se compromete con ella desde la voluntad del Señor. Con los profetas de su pueblo tomó partido a favor de los pequeños y de los hambrientos, y cantó al poder de Dios, que había derribado de su trono a los poderosos y los soberbios. Los pequeños y los hambientos buscan la vida y son favorables a ella; los segundos la oprimen, la destruyen, y sufren las consecuencias de no conocer ni la alegría de ser hijos de Dios, ni la felicidad de ser hermanos. Desde sus tronos y desde su orgullo, ni viven ni dejan vivir. La joven de Nazaret lo sabe, y proclama con alegría la grandeza del Señor. Como pastores y profetas, ser enviados desde Aparecida, desde esta capital de un pueblo peregrino, cuya mayor alegría es el amor de Dios. Trabajaremos para que en nuestros pueblos la relación entre sus habitantes sea realmente fraterna: en las plazas y en los lugares de trabajo, en las familias y en las escuelas; sobre todo en las comunidades de la Iglesia , lugares santos de comunión y de paz.

Para la Virgen María , una convicción la urgía. La vida de su pueblo era inseparable del amor y la fidelidad de Aquel que es la fuente de la vida. Tenía la experiencia de la luz que brota del rostro de Dios, del amor inconmensurable de Dios, su Salvador, de la compasión de Jahveh ante los gemidos de su pueblo, de la bienhechora sabiduría de sus mandamientos y de sus caminos, y de sus innumerables dones. Para ella, la felicidad consistía en ser Esposa fiel de su Esposo y Señor. Por eso, compartiendo la vida de su pueblo, la vida verdadera, la de ser pueblo de Dios, peregrinaba anualmente al templo de Jerusalén, memoria de la cercanía y de la alianza del Señor. Partiremos de este lugar santo con este compromiso, prometiéndole al Señor que con ardor interior haremos todo lo que esté de nuestra parte, para que todos los que el Padre nos ha confiado, no sufran la ausencia de Dios, ni en su vida, ni en sus hogares, ni en los medios de comunicación social, ni en nuestras culturas, sino, por el contrario, tengan la alegría de proclamar: el Señor es mi luz y mi salvación, mi esperanza y mi canto, mi vida y mi felicidad.

La vida que buscamos para nuestros pueblos está íntimamente unida al anuncio misionero de Jesucristo, a dejarnos encontrar cada vez que venga hasta nosotros. Él, la Vida que estaba en el principio, vino a nosotros para que tuviéramos vida en abundancia. Y la Inmaculada llegó a ser madre de todos los vivientes, porque dio a luz a Aquel que es nuestra Vida. Nuestra Señora se dejó encontrar por él, y lo dio a conocer a los pastores y a los sabios de oriente.

Unió sus pasos a los suyos, y lo acompañó cuando entregaba su vida al Padre en el Calvario, para que todos viviéramos con él para siempre. Al partir, le ofrecemos a Jesucristo nuestros corazones, nuestros sacerdotes y diáconos, las familias de nuestras diócesis, los jóvenes y los niños, y le ofrecemos nuestro ministerio y nuestras iniciativas, para que siempre permanezcan abiertos a su presencia y a su bendición, a su sabiduría y al dolor propio y de los demás, a su vida y resurrección. Que la vida que Dios nos da brille en la ciudad puesta sobre el monte, llena de confianza, de gozo y de paz. Que acepte el envío misionero, y vaya a todos los que buscan la felicidad y la paz, a todos los que, aún sin saberlo, lo buscan a ël, nuestra Vida y nuestro gozo.

Concluyamos nuestra meditación recordando con gratitud que la Virgen , en nuestra América, le abrió caminos de la vida nueva en Cristo a Juan Diego y todos los inditos de su pueblo y de tantas otras comarcas. Pidámosle que se acerque desde sus santuarios, como madre de Jesús y de nuestros pueblos soberanos, a todos los que tienen sed de cielo en esta tierra. En su santuario nos comprometemos a seguir implorando con ella el amor fuerte y la audacia del Espíritu Santo, para permanecer unidos y compartir nuestra alegría de ser cristianos con todos los que tienen sed de vida, sed de fraternidad y de Dios. Amén.


Fuente:Celam.info
 
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