| Comprometida
con la vida de las personas y de los pueblos Describimos
la misión nuestra como un envío para que nuestros pueblos en él tengan vida. Participando
de la misión de Jesús, nadie como su madre se comprometió con la vida de las personas
y de los pueblos. Aquí en su santuario, ella nos invita a partir y a comprometernos
resueltamente con la vida. Nuestra
cultura siempre fue favorable a la vida. Las acciones de arrancarla de este mundo,
fueron rechazadas. La Virgen María salió presurosa, a apoyar a su pariente estéril
para que tuviera la felicidad de traer al hijo tan esperado, a Juan, a este mundo.
Y de prisa partió a Egipto con José, para salvar la vida del Niño, que el poderoso
de entonces, el rey Herodes, quería extirpar. Proclamaremos de manera convincente
que toda vida humana es sagrada, y requiere para sí un trato digno y enaltecedor.
Nos seguiremos oponiendo a la pena de muerte, a la violencia, a la tortura, al
aborto, a la eutanasia y a la lacerante miseria, que no se condice con la dignidad
de la vida humana, que fue creada a imagen y semejanza de Dios. Nuestra opción
es la vida para todos, particularmente para los pobres y abandonados. Nuestro
no a la anticultura de la muerte nace con fuerza de nuestro sí a la vida. Es
sorprendente la identificación de la Virgen con la vida de su pueblo. La contempla
desde los ojos de Dios, y se compromete con ella desde la voluntad del Señor.
Con los profetas de su pueblo tomó partido a favor de los pequeños y de los hambrientos,
y cantó al poder de Dios, que había derribado de su trono a los poderosos y los
soberbios. Los pequeños y los hambientos buscan la vida y son favorables a ella;
los segundos la oprimen, la destruyen, y sufren las consecuencias de no conocer
ni la alegría de ser hijos de Dios, ni la felicidad de ser hermanos. Desde sus
tronos y desde su orgullo, ni viven ni dejan vivir. La joven de Nazaret lo sabe,
y proclama con alegría la grandeza del Señor. Como pastores y profetas, ser enviados
desde Aparecida, desde esta capital de un pueblo peregrino, cuya mayor alegría
es el amor de Dios. Trabajaremos para que en nuestros pueblos la relación entre
sus habitantes sea realmente fraterna: en las plazas y en los lugares de trabajo,
en las familias y en las escuelas; sobre todo en las comunidades de la Iglesia
, lugares santos de comunión y de paz. Para
la Virgen María , una convicción la urgía. La vida de su pueblo era inseparable
del amor y la fidelidad de Aquel que es la fuente de la vida. Tenía la experiencia
de la luz que brota del rostro de Dios, del amor inconmensurable de Dios, su Salvador,
de la compasión de Jahveh ante los gemidos de su pueblo, de la bienhechora sabiduría
de sus mandamientos y de sus caminos, y de sus innumerables dones. Para ella,
la felicidad consistía en ser Esposa fiel de su Esposo y Señor. Por eso, compartiendo
la vida de su pueblo, la vida verdadera, la de ser pueblo de Dios, peregrinaba
anualmente al templo de Jerusalén, memoria de la cercanía y de la alianza del
Señor. Partiremos de este lugar santo con este compromiso, prometiéndole al Señor
que con ardor interior haremos todo lo que esté de nuestra parte, para que todos
los que el Padre nos ha confiado, no sufran la ausencia de Dios, ni en su vida,
ni en sus hogares, ni en los medios de comunicación social, ni en nuestras culturas,
sino, por el contrario, tengan la alegría de proclamar: el Señor es mi luz y mi
salvación, mi esperanza y mi canto, mi vida y mi felicidad. La
vida que buscamos para nuestros pueblos está íntimamente unida al anuncio misionero
de Jesucristo, a dejarnos encontrar cada vez que venga hasta nosotros. Él, la
Vida que estaba en el principio, vino a nosotros para que tuviéramos vida en abundancia.
Y la Inmaculada llegó a ser madre de todos los vivientes, porque dio a luz a Aquel
que es nuestra Vida. Nuestra Señora se dejó encontrar por él, y lo dio a conocer
a los pastores y a los sabios de oriente. Unió
sus pasos a los suyos, y lo acompañó cuando entregaba su vida al Padre en el Calvario,
para que todos viviéramos con él para siempre. Al partir, le ofrecemos a Jesucristo
nuestros corazones, nuestros sacerdotes y diáconos, las familias de nuestras diócesis,
los jóvenes y los niños, y le ofrecemos nuestro ministerio y nuestras iniciativas,
para que siempre permanezcan abiertos a su presencia y a su bendición, a su sabiduría
y al dolor propio y de los demás, a su vida y resurrección. Que la vida que Dios
nos da brille en la ciudad puesta sobre el monte, llena de confianza, de gozo
y de paz. Que acepte el envío misionero, y vaya a todos los que buscan la felicidad
y la paz, a todos los que, aún sin saberlo, lo buscan a ël, nuestra Vida y nuestro
gozo. Concluyamos
nuestra meditación recordando con gratitud que la Virgen , en nuestra América,
le abrió caminos de la vida nueva en Cristo a Juan Diego y todos los inditos de
su pueblo y de tantas otras comarcas. Pidámosle que se acerque desde sus santuarios,
como madre de Jesús y de nuestros pueblos soberanos, a todos los que tienen sed
de cielo en esta tierra. En su santuario nos comprometemos a seguir implorando
con ella el amor fuerte y la audacia del Espíritu Santo, para permanecer unidos
y compartir nuestra alegría de ser cristianos con todos los que tienen sed de
vida, sed de fraternidad y de Dios. Amén. |