¿Quién
soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Así contestó
Isabel el saludo de María, quien presurosa subió a la montaña
de Judá, al saber que su prima se encontraba encinta.
¿Quién
eres Iglesia en América, para que la madre de mi Señor haya venido
a visitarte? Así saludamos hoy, en esta Eucaristía, en esta V Conferencia
General, desde este Santuario de Aparecida saludamos a María de Guadalupe,
quien presurosa se hizo presente en la montaña del Tepeyac, al saber que
estaba en cinta un nuevo pueblo.
María e Isabel intercambiaron saludo
y también compartieron las maravillas realizadas por Dios en ellas. La
que llamaban estéril se volvió fecunda en plena vejez, y María,
sin dejar de ser virgen, se convirtió en la Madre del Amor, en la Theotokos.
¡Tú
eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! Exclamó
Isabel, llena del Espíritu Santo, y agregó: Dichosa tú por
haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del
Señor.
María e Isabel manifiestan dos actitudes muy importantes
para la vida de los discípulos y para la vida de la Iglesia como discípula. Primero,
la sensibilidad para atender a Dios y, descubrirlo presente en sus vidas, aceptarlo
como interlocutor y actuante en sus voluntades, y recibirlo asumiendo en la fe
los planes del Señor.
Segundo, la capacidad de buscar a quien también
ha descubierto al Señor y sus acciones, y encaminarse para encontrarse
con ella y compartir las maravillas que el Espíritu ha obrado.
María
no solo ha visitado a su prima Isabel sino también ha hecho lo mismo con
nosotros. María de Guadalupe se encuentra con San Juan Diego y le pide
vaya en su nombre con el Obispo de México para que le construya una casita
donde pueda mostrar todo su Amor: el hijo de sus entrañas, a una sociedad
que vivía en la confusión y el desconcierto, a un cruce de razas
y culturas que era el surgimiento de un nuevo pueblo.
Hoy nuestros pueblos
latinoamericanos en medio de situaciones crónicas y reiterativas de inequidad
creciente, autoritarismos que provocan violencia y corrupción, y bajo el
influjo de la globalización, de la migración y movilidad humana,
del intercambio cultural, atraviesan una etapa de transición, donde está
surgiendo con dolores de parto la cultura adveniente que avizoró la III
Conferencia General en Puebla, y ante lo cual, el Siervo de Dios Juan Pablo II
convocó a la Iglesia a una Nueva Evangelización.
Hoy reconozcamos
los dones recibidos gracias a la presencia de María en América,
necesitamos acudir y recurrir a ella para que nos muestre al Hijo que trajo al
mundo, y con su ayuda, multiplicada en la devoción mariana extendida en
todos nuestros pueblos, podamos preparar a la Iglesia para afrontar los nuevos
retos que están tocando las puertas de las familias y de la sociedad entera. Seamos
una Iglesia como María de Guadalupe que inculturada muestre el rostro de
la misericordia divina para consuelo y fortalecimiento espiritual, para redescubrir
la dignidad de toda persona, independientemente de raza, lengua, cultura y nación.
Que promueva crecimiento y acompañe el desarrollo de los nuevos discípulos
y misioneros de Jesucristo abrevándolos en la sabiduría del amor,
del temor, del conocimiento y de la santa esperanza.
Con María,
discípula y maestra, seamos una Iglesia que presurosa vaya al encuentro
tanto, de quienes como Isabel, reconocen las maravillas que obra el Señor
como de quienes, como San Juan Diego, atraviesan por la aflicción, el desconcierto,
la incertidumbre, o la desesperanza. Seamos una Iglesia en estado permanente de
misión.
Con María, oyente de la Palabra y su fiel servidora,
seamos una Iglesia que viva lo afirmado en el libro de la Sabiduría: los
que me escuchan no tendrán de que avergonzarse y los que se dejan guiar
por mí no pecaran. Los que me honran tendrán una vida eterna. Con
María, mujer eucarística, seamos una Iglesia que redescubra y valore
la Eucaristía dominical, y experimente que: Los que me coman seguirán
teniendo hambre de mí, los que me beban seguirán teniendo sed de
mí.
Con María, esclava del Señor, que camina en la
obediencia a la voluntad del Padre y en la comunión como espíritu
de vida, seamos una Iglesia, que apasionadamente entregada a la causa del Reino
de Dios sea casa para todos y escuela donde se aprenda por el testimonio de quienes
la forman: la caridad, el amor.
Ayer celebramos Pentecostés. Creámosle
a Jesucristo quien ha conseguido del Padre para nosotros el don del Espíritu
Santo. Seámosle dóciles a sus inspiraciones para que él sea
el artífice de una Iglesia en América renovada, que haga presente
y refleje el amor misericordioso y la bondad infinita de Dios, nuestro Padre.
Los
invito a confiar como María y hacer nuestra su experiencia para que podamos
felicitar a la Iglesia en América: Dichosa tú por haber creído
que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor. Y ya
cerca del término de la V Conferencia General los invito a exclamar: Mi
alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de
gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez
de su servidora.
Amén.
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