Renovación de la Iglesia, los sacerdotes, religiosos y personas de vida consagrada.
Diálogo con Mons. Emiliano Cisneros, OAR

 
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El llamado a la ‘renovación de la Iglesia’, hecho por el Papa Benedicto XVI al comienzo de la V Conferencia General de Episcopado Latinoamericano y del Caribe, contiene a diversos actores, entre ellos a los sacerdotes, religiosos, religiosas, y hombres y mujeres de vida consagrada. Sobre este apartado del discurso del Santo Padre, conversamos con Monseñor Emiliano Cisneros Martínez, OAR; Obispo de Chachapoyas y Presidente de la Comisión Episcopal del Clero, que participa en esta gran reunión pastoral como Delegado de la Conferencia Episcopal Peruana.

¿Cómo interpreta usted este llamado del Papa a los sacerdotes?

Pues teniendo en cuenta que el tema general de la V Conferencia es el de “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida”, lo que el Papa ha recordado es que los sacerdotes son los primeros promotores, tanto del discipulado como de la misión, y una vez más esto nos lleva a caer en la cuenta de ese papel capital que los sacerdotes juegan en la vida de la Iglesia, en su presente y también en su futuro.

 
¿Qué aspectos considera importantes en tanto a la sólida estructura espiritual de los sacerdotes, de la que ha hablado el Santo Padre?

Destacaría en primer lugar, esa necesidad de que el sacerdote caiga en la cuenta de que él antes que maestro
y misionero de Jesucristo, es un discípulo, un seguidor de Jesucristo. Si el sacerdote se toma en serio este aspecto de su vocación, que es por otro lado la vocación común de todos los bautizados, ciertamente, estará ya en un buen camino. Entonces, es necesario insistir en esta prioridad que el sacerdote debe dar a su propia atención espiritual. Si él de verdad está comprometido con la persona de Jesús, si se toma en serio el seguimiento del maestro, estará preparándose para ser un buen maestro y un buen misionero, al servicio de esa comunidad a la que es enviado.

¿Qué reflexiones extrae usted de las palabras dirigidas a los religiosos y religiosas, y personas de vida consagrada?

Es de resaltar, en especial, esa necesidad que tiene la Iglesia y la sociedad del testimonio de los religiosos, porque ciertamente la vida de los religiosos en cuanto consagrados a Dios, y en cuanto a que son personas que han hecho una opción -que en cierto modo pone en segundo lugar los grandes valores de la sociedad actual- pues son como si dijéramos un camino alternativo, no porque todos tengan que hacerse religiosos sino porque esa prioridad y esa preferencia que ellos dan a Dios, al servicio, al prójimo, a los pobres, el afán por la justicia, el no vivir para si mismos ni para aumentar sus bienes materiales, ni para gozar de las cosas de esta vida, nos está mostrando un camino alternativo a esos caminos que sigue tanta gente, de la búsqueda de una vida desenfrenada, del placer, del tener, del dominar.

Por último, el Papa los ha alentado vivamente en su vocación, subrayando que ¡vale la pena! seguir a Dios, bajo esta opción. ¿Qué hacer cuando se desvirtúa la vocación de los religiosos y la vida consagrada en la Iglesia?

Nosotros podemos no valorar suficientemente nuestra propia vocación o podemos debilitar esa consagración que se hizo un día, y ciertamente que cuando uno vive su vida religiosa como si dijéramos, a medias, ni eso le satisface a uno, ni es un testimonio que arrastre a los demás. Entonces, la vida religiosa vale la pena cuando se vive a plenitud, totalmente entregados a Dios, y totalmente entregados al servicio de la Iglesia y de los hombres, con el espíritu de los fundadores. Ese ejemplo y testimonio es la mejor promoción vocacional.

Cuando los jóvenes y las jóvenes ven a los religiosos y religiosas totalmente alegres por la dedicación a su vocación, es allí, donde pueden sentirse atraídos por la belleza, la alegría y la riqueza espiritual de estas vidas.

¿Qué otros aspectos rescata de las palabras del Santo Padre?

Yo diría una parte -que puede ser denominador común de todo el discurso del Santo Padre- y es esa primacía de Dios en la vida de las personas y en la vida de la sociedad. La sociedad no puede alcanzar sus más profundas aspiraciones, las personas no las puedan alcanzar, si no ponen como cimiento de sus vidas a ese Dios, que da vida y sustento a todo.
 
 
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