Llenos de Alegría
(Hch 2, 46)

En el desarrollo del Plan Pastoral estamos dando este año relieve especial a la alegría, como componente imprescindible de la vida cristiana plena (Jn 15, 11-17, 13). Es evidente que no hablamos de la alegría superficial o ficticia, máscara con la que los hombres pretenden, a veces, disimular el vacío de su corazón extraviado, sin sentido y sin rumbo.

La alegría cristiana nace de Dios, que quiso comunicarla gratuita y generosamente a todos los hombres. Dios es la fuente de nuestra alegría (Sal 43, 4). Y donde está Dios no puede reinar la tristeza. Cuando Jesús se acerca reina siempre la alegría (Lc 1, 41). Alegría es la primera palabra que Dios nos comunica en el umbral del Evangelio, Buena Noticia (Lc 1, 28). Cuando Jesús está presente, aún sin corazón, arde el corazón y se llena de gozo (Lc 24, 32). En cambio, la ausencia de Dios deja sin luz los caminos de la vida y el alma se asemeja a un campo sin sol y un jardín sin flores. Nada puede nacer, crecer y fructificar sin Dios. Todo es oscuridad, tierra inerte de tristeza y desolación.

La alegría cristiana es compatible con el dolor y las dificultades de la vida diaria (Mt 10, 12). Porque la alegría cristiana, que nace del corazón mismo de Dios, surge del centro mismo de la Pasión y Muerte de Jesús, que venció al pecado y a la muerte, con su resurrección. Por eso, tras haber visto a Jesús ascender al cielo, los discípulos regresaron a Jerusalén llenos de alegría (Lc 24, 52). Y por eso su vida diaria estaba llena de entusiasmo, gozo y sencillez de corazón (Hch 2, 46). Y es que quien ha visto al Señor, quien ha sentido su corazón tocado por Él, quien recibe y acepta al crucificado, conoce la gracia de la Resurrección y se llena de alegría (Hch 2, 46).

Con este gozo profundo caminamos los cristianos hacia la meta que Jesús nos ha preparado. Es cierto que vamos al encuentro de la muerte, pero para encontrarnos definitivamente con la vida. Ser cristianos es vivir con el corazón puesto en el cielo. Es vivir en la esperanza de la presencia de Dios Padre, que nos amó y nos ama con inmenso amor y ternura insospechada. Esta esperanza nos permite vivir el presente con el corazón enriquecido por la paz y el gozo de un futuro presentido y feliz, llenos de gozo y Espíritu Santo (Hch 13, 52).

Iquitos, Pascua 2007.

+ Mons. Julián García Centeno, OSA
Obispo Vicario Apostólico de Iquitos

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