Carta del Arzobispo Metropolitano de Piura
con ocasión de la Semana Santa

Muy queridos hermanos y hermanas:

Con la celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, hemos iniciado la Semana Santa, llamada con justicia la semana mayor del año cristiano. Una vez más con la ayuda de los ritos sagrados del Jueves Santo, Viernes Santo y de la solemne Vigilia Pascual, reviviremos el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús. Como su nombre lo dice, son días santos que nos manifiestan el insondable amor de Dios por nosotros. Son días en que el Señor Jesús nos dará la prueba suprema de su amor, entregando su vida por nuestra reconciliación. Durante la Semana Santa, acojamos la exhortación que San Agustín nos dirige: “Aprende, pues, ¡oh hombre!, y conoce a qué extremos llegó Dios por ti”. Por ello, durante estos días no amemos con tibieza a Dios que nos ama con tanto ardor.

Los tres días centrales de la Semana Santa, son el Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor, con su introducción que es el Jueves Santo. Estos días constituyen lo que llamamos el Santo Triduo Pascual, lo que San Agustín designa con acierto como la “Pascua de Cristo, muerto, sepultado y resucitado”, entendiendo como una unidad el misterio de la Pascua del Señor Jesús. Veamos a continuación una breve explicación de cada uno de estos días santos.

El Triduo Pascual

El Triduo Pascual tiene su introducción con el Jueves Santo, día en que conmemoramos la Institución de la Eucaristía. Antes de ofrecerse a Sí mismo al Padre en la Cruz, el Señor Jesús, anticipa ese sacrificio en la Última Cena e instituye la Eucaristía, memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección. La Eucaristía es por tanto sacrificio en sentido propio, ya que actualiza siempre en el tiempo el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo. Pero además la Eucaristía es sacramento de la presencia real de Cristo, verdadero banquete y alimento de vida eterna, prenda de la gloria futura y sacramento de unidad. ¿Cómo no agradecer al Señor por tan maravilloso don? “Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida”.

Un misterio que se ha de creer, celebrar y vivir, conforme nos pide el Santo Padre Benedicto XVI en su reciente Exhortación Apostólica Post Sinodal Sacramentum Caritatis.

Pero el Jueves Santo es también el día en que recordamos la Institución del Sacerdocio, y por tanto somos invitados a rezar por la fidelidad y santidad de nuestros sacerdotes y seminaristas, así como por el aumento de las vocaciones al sacerdocio. Finalmente es el día en que Jesús nos dejó el Mandamiento Nuevo del amor fraterno realizando el conmovedor gesto del lavatorio de los pies: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). Este día singular, que evoca tan grandes misterios, concluye con la Adoración Eucarística, en recuerdo de la agonía del Señor en el Huerto de Getsemaní, y somos invitados a velar y permanecer con Él en oración: “Quedaos aquí y velad conmigo” (Mt 26, 38).

El Viernes Santo, primer día del Triduo Pascual, evoca el drama de la Pasión del Señor Jesús, ya comenzada la víspera con su agonía en el huerto de Getsemaní y que concluye con su muerte en la Cruz. Es un día de sufrimiento sobrehumano y de misteriosa confrontación entre el amor infinito de Dios y el pecado del hombre. En este día hemos de compartir intensamente los sentimientos del Señor Jesús. Tras haberlo acompañado en la subida al Calvario, cargando con el madero de la Cruz, debemos detenernos junto con Santa María, la Inmaculada Dolorosa a sus pies en el Gólgota para hacer memoria de fe sobre estos acontecimientos dramáticos y al mismo tiempo exaltantes.

Más aún en este día debemos contemplar a Cristo crucificado. Sólo así es posible comprender la misericordia de Dios. Al respecto el Santo Padre nos ha dicho recientemente que “contemplando con los ojos de la fe al Crucificado, podemos comprender profundamente cuán inconmensurable es la potencia del perdón y de la misericordia del Señor…Aquél que nosotros mismos hemos atravesado con nuestras culpas no se cansa de derramar en el mundo un torrente inacabable de amor misericordioso…Que la humanidad pueda comprender que solamente de esta fuente es posible obtener la energía espiritual indispensable para construir aquella paz y aquella felicidad que todo ser humano busca sin detenerse”.

Sí, contemplando al crucificado es posible medir hasta el fondo la verdad de las palabras de Jesús: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

El Sábado Santo, segundo día de Triduo Pascual, recuerda el tiempo misterioso y sagrado en que el cuerpo del Señor Jesús permaneció en el sepulcro. En su libro Ser Cristiano, el hoy Papa Benedicto XVI escribe a propósito de este día: “Hay en el evangelio una escena que preanuncia de forma admirable el silencio del sábado santo y que al mismo tiempo, parece como un retrato de nuestro momento histórico: Cristo duerme en un bote, que está a punto de zozobrar asaltado por la tormenta…Los discípulos desesperados, sacuden al Señor y le gritan que despierte; pero Él parece asombrarse y les reprocha su escasa fe…Y sin embargo, Señor, no podemos hacer otra cosa que sacudirte a ti, el Dios silencioso y durmiente y gritarte: ¡despierta! ¿No ves que nos hundimos?

Despierta, haz que las tinieblas del sábado santo no sean eternas, envía un rayo de tu luz pascual a nuestros días…no nos abandones en la oscuridad, no dejes que tu palabra se diluya en medio de la charlatanería de nuestra época. Señor, ayúdanos, porque sin ti pereceríamos”.

El Sábado Santo, día de silencio y de espera debemos vivirlo en la compañía de Santa María, la mujer fuerte de la fe, de la esperanza invicta y de la ardiente caridad, que confiada espera el triunfo de su Hijo: la Resurrección.

El Domingo de Pascua, tercer día del Triduo Pascual, es el día del triunfo de la luz sobre las tinieblas, de la gracia sobre el pecado, del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. Es el día en que el Señor Jesús resucita glorioso. El Domingo de Pascua lo comenzamos a vivir con la solemne Vigilia Pascual, durante la cual en cada iglesia el canto gozoso del Gloria y del Aleluya pascual se elevará del corazón de los nuevos bautizados y de toda la comunidad cristiana, feliz porque Cristo ha resucitado y ha vencido a la muerte.

La Resurrección del Señor Jesús nos da la certeza que a pesar de toda la oscuridad que podamos ver hoy en el mundo, el mal no tiene la última palabra. La última palabra la tiene la misericordia divina que es el límite que Dios ha impuesto al mal. Jesucristo resucitado es la misericordia divina en persona. Comprometidos con esta certeza, los cristianos podemos comprometernos con más valentía, esperanza y entusiasmo en la construcción de la ansiada civilización del amor, de un mundo más justo y reconciliado.

Con la Solemnidad de la Pascua, la más importante del año, podemos decir que la obra de la Reconciliación está concluida, y que sólo el Señor Jesús, hijo de Dios y de María Santísima, podía convertir una semana de odio, dolor y muerte, en la semana más santa del año.

La Confesión Pascual

Con ocasión de la proximidad de la Pascua, la Iglesia invita a todos sus hijos a un deber característico de nuestra participación en la celebración de la gran fiesta de la Pascua: el deber de confesarnos, es decir de acercarnos sincera y personalmente al sacramento de la Reconciliación, confesando los propios pecados con humilde arrepentimiento y con un firme propósito de enmienda. Invitación difícil de acoger para algunos, pero muy saludable, sabia y liberadora para el que tiene el valor de aceptarla en su vida.

Si queremos participar fructuosamente en la celebración de la Pascua, no dejemos de acercarnos confiadamente a la confesión sacramental que es como una especie de muerte y resurrección para cada uno de nosotros. Una buena confesión nos ofrece la posibilidad de volver a comenzar nuestra vida y tener realmente parte en la alegría del Señor Resucitado. El perdón que el Señor Jesús nos da en este sacramento es fuente de paz interior y exterior, y nos hace capaces de ser artesanos de reconciliación en un mundo donde aún continúan presentes las divisiones, las injusticias, los odios, y la violencia. Reconciliados con Dios y con nosotros mismos, podemos ser instrumentos de reconciliación con los hermanos, esforzándonos por ser amables con todos, por ser sembradores de comunión, y personas capaces de perdonar y acoger a todos, incluso a los enemigos.

Por ello exhorto a todos los fieles cristianos de Piura y Tumbes a que se acerquen con confianza al Sacramento de la Reconciliación. Tengamos la valentía del arrepentimiento y de alcanzar la gracia de Dios por la confesión sacramental. Esto nos hará libres y nos dará la fuerza que necesitamos para llevar a adelante las tareas y trabajos que nos esperan a diario en la sociedad y en la Iglesia.

De otro lado no caigamos en la tentación de creer que no necesitamos de este Sacramento: “Nunca falta qué perdonar; somos hombres. Hablé algo de más de la cuenta, dije algo que no debía, reí con exceso, bebí demasiado, comí sin moderación, oí de buen grado lo que no me estaba bien oír, vi con gusto lo que no era bueno ver, pensé con deleite lo que no debí pensar…”.

Asimismo pido, a todos los sacerdotes de mi Arquidiócesis, que con ocasión de la próxima Semana Santa fijen de manera estable en todas las parroquias e iglesias de Piura y Tumbes, que habitualmente están abiertas al culto, generosos horarios de confesiones, que ofrezcan a los fieles las máximas facilidades posibles para confesarse. Que estos horarios estén adecuados a las necesidades reales de los penitentes, días y horas que les resulten asequibles.

Asimismo ofrézcase la celebración del Sacramento de la Reconciliación antes de las Misas de horario y durante la celebración de la Eucaristía , si es que se cuenta con otros sacerdotes disponibles.

Invito a todos los sacerdotes de la Arquidiócesis Metropolitana de Piura que tengan la facultad de administrar el Sacramento de la Reconciliación, a mostrarse siempre totalmente dispuestos a administrarlo cada vez que los fieles lo soliciten razonablemente.

Como acertadamente ha dicho hace poco el Santo Padre Benedicto XVI, “el confesor, con una dócil adhesión al Magisterio de la Iglesia se hace ministro de la consoladora misericordia de Dios, resalta la realidad del pecado y manifiesta al mismo tiempo la ilimitada potencia renovadora del amor divino, amor que restituye la vida…Experimentando la ternura y el perdón del Señor, el penitente se siente más fácilmente impulsado a reconocer la gravedad del pecado, más decidido a evitarlo para crecer en la amistad con Él”.

Hacia la Pascua

Queridos hermanos, con la ayuda de la gracia divina, dispongamos nuestros corazones para participar activa y conscientemente en el Triduo Pascual, a fin de que contemplando la muerte y resurrección de Cristo podamos acoger en nuestros corazones el amor del Señor Jesús y darlo a los demás como nuestro mayor tesoro.

Que María Santísima, la Madre que siguió fielmente a su Hijo en su Pasión y compartió la alegría de su Resurrección, sea la Madre en cuya compañía vivamos estos días santos, para que tengamos un encuentro gozoso con Cristo Resucitado, y caminemos hoy y siempre tras las huellas del Reconciliador.

Con mi deseo de una Feliz Pascua de Resurrección, les imparto con afecto mi bendición pastoral.

San Miguel de Piura, 01 de abril de 2007
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.


+JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura

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