21 febrero 2007, Miércoles de Ceniza
 
  
 
1. Queridos hermanos y hermanas:

El Miércoles de Ceniza que hoy celebramos, es para nosotros, cristianos, un día particular, caracterizado por el intenso espíritu de recogimiento y reflexión. Emprendemos, de hecho, el camino de la Cuaresma, tiempo de escucha de la Palabra de Dios, de oración y de penitencia. Son cuarenta días en los que la liturgia nos ayudan a revivir las fases destacadas del misterio de la salvación.

Como sabemos, el hombre ha sido creado para ser amigo de Dios, pero el pecado de los primeros padres quebró esta relación de confianza y de amor y, como consecuencia, la humanidad es incapaz de realizar su vocación originaria.

2. Por tanto, la Cuaresma es una oportunidad para «volver a ser» cristianos, a través de un proceso constante de cambio interior y de avance en el conocimiento y en el amor de Cristo. La conversión no tiene lugar nunca una vez para siempre, sino que es un proceso, un camino interior de toda nuestra vida. Ciertamente este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un periodo particular del año: es un camino de todos los días, que tiene que abarcar toda la existencia, cada día de nuestra vida.

Desde este punto de vista, para cada cristiano y para todas las comunidades eclesiales, la Cuaresma es la estación espiritual propicia para entrenarse con mayor tenacidad en la búsqueda de Dios, abriendo el corazón a Cristo.

San Agustín dijo en una ocasión que nuestra vida es un ejercicio único del deseo de acercarnos a Dios, de ser capaces de dejar entrar a Dios en nuestro ser. «Toda la vida del cristiano fervoroso --dice-- es un santo deseo». Si esto es así, en Cuaresma se nos invita aun mas a arrancar «de nuestros deseos las raíces de la vanidad» para educar el corazón en el deseo, es decir, en el amor de Dios. «Dios --dice san Agustín-- es todo lo que deseamos» (Cf. «Trac. in Iohn.», 4). Y esperamos que realmente comencemos a desear a Dios, y de este modo desear la verdadera vida, el amor mismo y la verdad.

3. Sí, queridos hermanos y hermanas, la Cruz también es para nosotros, hombres y mujeres de nuestra época que con demasiada frecuencia estamos distraídos por las preocupaciones y los intereses terrenos y momentáneos, la revelación definitiva del amor y de la misericordia divina. Dios es amor y su amor es el secreto de nuestra felicidad. Ahora bien, para entrar en este misterio de amor no hay otro camino que el de perdemos, entregamos, el camino de la Cruz. «Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a si mismo, tome su cruz y sígame» (Marcos 8, 34). Por este motivo, la liturgia cuaresmal, al invitamos a reflexionar y rezar, nos estimula a valorar más la penitencia y el sacrificio para rechazar el pecado y el mal y vencer el egoísmo y la indiferencia. La oración, el ayuno y la penitencia, las obras de caridad hacia los hermanos se convierten de este modo en sendas espirituales que hay que recorrer para regresar a Dios en respuesta a los repetidos llamamientos a la conversión que hoy hace la liturgia (Cf. Gálatas 2,12-13; Mateo 6,16-18).

"Miraran al que traspasaron". ¡Miremos con confianza el costado traspasado de Jesús, del que salio "sangre y agua" (Jn 19,34)! Los Padres de la Iglesia consideraron estos elementos como símbolos de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. Con el agua del Bautismo, gracias a la acción del Espíritu Santo, se nos revela la intimidad del amor trinitario. En el camino cuaresmal, haciendo memoria de nuestro Bautismo, se nos exhorta a salir de nosotros mismos para abrirnos, con un confiado abandono, al abrazo misericordioso del Padre (cf. S. Juan Crisóstomo, Catequesis, 3,14 ss.). La sangre, símbolo del amor del Buen Pastor, llega a nosotros especialmente en el misterio eucarístico: "La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús... nos implicamos en la dinámica de su entrega" (Enc. Deus caritas est, 13). Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo 'eucarístico', en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y palabra. De ese modo contemplar "al que traspasaron" nos llevara a abrir el corazón a los demás reconociendo las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; nos llevara, particularmente, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono de muchas personas. Que la Cuaresma sea para todos los cristianos una experiencia renovada del amor de Dios que se nos ha dado en Cristo, amor que por nuestra parte cada día debemos "volver a dar" al prójimo, especialmente al que sufre y al necesitado. Solo así podremos participar plenamente de la alegría de la Pascua. Que Maria, la Madre del Amor Hermoso, nos guíe en este itinerario cuaresmal, camino de autentica conversión al amor de Cristo. A vosotros, queridos hermanos y hermanas, os deseo un provechoso camino cuaresmal y, con afecto, os envió a todos una especial Bendición Apostólica.

 
 
+ Héctor Miguel Cabrejos Vidarte, OFM.
Arzobispo Metropolitano de Trujillo
Presidente de la Conferencia Episcopal del Perú
Miembro de la Pontificia CAL