| Con
ocasión de la próxima Jornada mundial de las misiones quisiera invitar
a todo el pueblo de Dios pastores, sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos a una reflexión común sobre la urgencia y la importancia
que tiene, también en nuestro tiempo, la acción misionera de la
Iglesia. En efecto, no dejan de resonar, como exhortación universal y llamada
apremiante, las palabras con las que Jesucristo, crucificado y resucitado, antes
de subir al cielo, encomendó a los Apóstoles el mandato misionero:
«Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles
a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20).
En
la ardua labor de evangelización nos sostiene y acompaña la certeza
de que él, el Dueño de la mies, está con nosotros y guía
sin cesar a su pueblo. Cristo es la fuente inagotable de la misión de la
Iglesia. Este año, además, un nuevo motivo nos impulsa a un renovado
compromiso misionero: se celebra el 50° aniversario de la encíclica
Fidei donum del siervo de Dios Pío XII, con la que se promovió y
estimuló la cooperación entre las Iglesias para la misión
ad gentes.
El tema elegido para la próxima Jornada mundial de las
misiones «Todas las Iglesias para todo el mundo» invita
a las Iglesias locales de los diversos continentes a tomar conciencia de la urgente
necesidad de impulsar nuevamente la acción misionera ante los múltiples
y graves desafíos de nuestro tiempo. Ciertamente, han cambiado las condiciones
en que vive la humanidad, y durante estos decenios, especialmente desde el concilio
Vaticano II, se ha realizado un gran esfuerzo con vistas a la difusión
del Evangelio.
Con todo, queda aún mucho por hacer para responder
al llamamiento misionero que el Señor no deja de dirigir a todos los bautizados.
Sigue llamando, en primer lugar, a las Iglesias de antigua tradición, que
en el pasado proporcionaron a las misiones, además de medios materiales,
también un número consistente de sacerdotes, religiosos, religiosas
y laicos, llevando a cabo una eficaz cooperación entre comunidades cristianas.
De esa cooperación han brotado abundantes frutos apostólicos tanto
para las Iglesias jóvenes en tierras de misión como para las realidades
eclesiales de donde procedían los misioneros.
Ante el avance de
la cultura secularizada, que a veces parece penetrar cada vez más en las
sociedades occidentales, considerando además la crisis de la familia, la
disminución de las vocaciones y el progresivo envejecimiento del clero,
esas Iglesias corren el peligro de encerrarse en sí mismas, de mirar con
poca esperanza al futuro y de disminuir su esfuerzo misionero. Pero este es precisamente
el momento de abrirse con confianza a la Providencia de Dios, que nunca abandona
a su pueblo y que, con la fuerza del Espíritu Santo, lo guía hacia
el cumplimiento de su plan eterno de salvación.
El buen Pastor
invita también a las Iglesias de reciente evangelización a dedicarse
generosamente a la misión ad gentes. A pesar de encontrar no pocas dificultades
y obstáculos en su desarrollo, esas comunidades aumentan sin cesar. Algunas,
afortunadamente, cuentan con abundantes sacerdotes y personas consagradas, no
pocos de los cuales, aun siendo numerosas las necesidades de sus diócesis,
son enviados a desempeñar su ministerio pastoral y su servicio apostólico
a otras partes, incluso a tierras de antigua evangelización.
De
este modo, se asiste a un providencial «intercambio de dones», que
redunda en beneficio de todo el Cuerpo místico de Cristo. Deseo vivamente
que la cooperación misionera se intensifique, aprovechando las potencialidades
y los carismas de cada uno. Asimismo, deseo que la Jornada mundial de las misiones
contribuya a que todas las comunidades cristianas y todos los bautizados tomen
cada vez mayor conciencia de que la llamada de Cristo a propagar su reino hasta
los últimos confines de la tierra es universal.
«La Iglesia
es misionera por su propia naturaleza escribe Juan Pablo II en la encíclica
Redemptoris missio, ya que el mandato de Cristo no es algo contingente y
externo, sino que alcanza al corazón mismo de la Iglesia. Por esto, toda
la Iglesia y cada Iglesia es enviada a las gentes. Las mismas Iglesias más
jóvenes (...) deben participar cuanto antes y de hecho en la misión
universal de la Iglesia, enviando también ellas misioneros a predicar por
todas las partes del mundo el Evangelio, aunque sufran escasez de clero»
(n. 62).
A cincuenta años del histórico llamamiento de mi
predecesor Pío XII con la encíclica Fidei donum para una cooperación
entre las Iglesias al servicio de la misión, quisiera reafirmar que el
anuncio del Evangelio sigue teniendo suma actualidad y urgencia. En la citada
encíclica Redemptoris missio, el Papa Juan Pablo II, por su parte, reconocía
que «la misión de la Iglesia es más vasta que la "comunión
entre las Iglesias"; esta (...) debe tener sobre todo una orientación
con miras a la específica índole misionera» (n. 64).
Por
consiguiente, como se ha reafirmado muchas veces, el compromiso misionero sigue
siendo el primer servicio que la Iglesia debe prestar a la humanidad de hoy, para
orientar y evangelizar los cambios culturales, sociales y éticos; para
ofrecer la salvación de Cristo al hombre de nuestro tiempo, en muchas partes
del mundo humillado y oprimido a causa de pobrezas endémicas, de violencia,
de negación sistemática de derechos humanos.
La Iglesia
no puede eximirse de esta misión universal; para ella constituye una obligación.
Dado que Cristo encomendó el mandato misionero en primer lugar a Pedro
y a los Apóstoles, ese mandato hoy compete ante todo al Sucesor de Pedro,
que la divina Providencia ha elegido como fundamento visible de la unidad de la
Iglesia, y a los obispos, directamente responsables de la evangelización,
sea como miembros del Colegio episcopal, sea como pastores de las Iglesias particulares
(cf. ib., 63).
Por tanto, me dirijo a los pastores de todas las Iglesias,
puestos por el Señor como guías de su único rebaño,
para que compartan el celo por el anuncio y la difusión del Evangelio.
Fue precisamente esta preocupación la que impulsó, hace cincuenta
años, al siervo de Dios Pío XII a procurar que la cooperación
misionera respondiera mejor a las exigencias de los tiempos. Especialmente ante
las perspectivas de la evangelización, pidió a las comunidades de
antigua evangelización que enviaran sacerdotes para ayudar a las Iglesias
de reciente fundación. Así dio vida a un nuevo «sujeto misionero»,
que precisamente de las primeras palabras de la encíclica tomó el
nombre de "fidei donum".
A este respecto, escribió: «Considerando,
por un lado, las innumerables legiones de hijos nuestros que, sobre todo en los
países de antigua tradición cristiana, participan del bien de la
fe, y, por otro, la masa aún más numerosa de los que todavía
esperan el mensaje de la salvación, sentimos el ardiente deseo de exhortaros,
venerables hermanos, a que con vuestro celo sostengáis la causa santa de
la expansión de la Iglesia en el mundo». Y añadió:
«Quiera Dios que, como consecuencia de nuestro llamamiento, el espíritu
misionero penetre más a fondo en el corazón de todos los sacerdotes
y que, a través de su ministerio, inflame a todos los fieles» (Fidei
donum, 1: El Magisterio pontificio contemporáneo, II, BAC, Madrid 1992,
p. 57).
Demos gracias al Señor por los abundantes frutos que se
han obtenido en África y en otras regiones de la tierra mediante esta cooperación
misionera. Incontables sacerdotes, abandonando sus comunidades de origen, han
puesto sus energías apostólicas al servicio de comunidades a veces
recién fundadas, en zonas pobres y en vías de desarrollo. Entre
ellos ha habido no pocos mártires que, además del testimonio de
la palabra y la entrega apostólica, han ofrecido el sacrificio de su vida.
No podemos olvidar tampoco a los numerosos religiosos, religiosas y laicos
voluntarios que, juntamente con los presbíteros, se han prodigado por difundir
el Evangelio hasta los últimos confines del mundo. La Jornada mundial de
las misiones es ocasión propicia para recordar en la oración a estos
hermanos y hermanas nuestros en la fe, y a los que siguen prodigándose
en el vasto campo misionero. Pidamos a Dios que su ejemplo suscite por doquier
nuevas vocaciones y una renovada conciencia misionera en el pueblo cristiano.
Efectivamente, toda comunidad cristiana nace misionera, y el amor de los
creyentes a su Señor se mide precisamente según su compromiso evangelizador.
Podríamos decir que, para los fieles, no se trata simplemente de colaborar
en la actividad de evangelización, sino de sentirse ellos mismos protagonistas
y corresponsables de la misión de la Iglesia. Esta corresponsabilidad conlleva
que crezca la comunión entre las comunidades y se incremente la ayuda mutua,
tanto en lo que atañe al personal (sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos voluntarios), como en la utilización de los medios hoy necesarios
para evangelizar.
Queridos hermanos y hermanas, verdaderamente el mandato
misionero encomendado por Cristo a los Apóstoles nos compromete a todos.
Por tanto, la Jornada mundial de las misiones debe ser ocasión propicia
para tomar cada vez mayor conciencia de ese mandato y para elaborar juntos itinerarios
espirituales y formativos adecuados que favorezcan la cooperación entre
las Iglesias y la preparación de nuevos misioneros para la difusión
del Evangelio en nuestro tiempo.
Con todo, no conviene olvidar que la
primera y principal aportación que debemos dar a la acción misionera
de la Iglesia es la oración. «La mies es mucha dice el Señor
y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe
obreros a su mies» (Lc 10, 2). "Orad, pues venerables hermanos y amados
hijos escribió hace cincuenta años el Papa Pío XII
de venerada memoria: orad más y más, y sin cesar. No dejéis
de llevar vuestro pensamiento y vuestra preocupación hacia las inmensas
necesidades espirituales de tantos pueblos todavía tan alejados de la verdadera
fe, o bien tan privados de socorros para perseverar en ella" (Fidei donum,
13: El Magisterio pontificio contemporáneo, II, BAC, Madrid 1992, p. 64).
Y exhortaba a multiplicar las misas celebradas por las misiones, pues «son
las intenciones mismas de nuestro Señor, que ama a su Iglesia y que la
quisiera ver extendida y floreciente por todos los lugares de la tierra»
(ib., p. 63).
Queridos hermanos y hermanas, también yo renuevo
esta invitación tan actual. Es preciso que todas las comunidades eleven
su oración al «Padre nuestro que está en el cielo»,
para que venga su reino a la tierra. Hago un llamamiento en particular a los niños
y a los jóvenes, siempre dispuestos a generosos impulsos misioneros. Me
dirijo a los enfermos y a los que sufren, recordando el valor de su misteriosa
e indispensable colaboración en la obra de la salvación.
Pido
a las personas consagradas, y especialmente a los monasterios de clausura, que
intensifiquen su oración por las misiones. Gracias al compromiso de todos
los creyentes debe ampliarse en toda la Iglesia la red espiritual de oración
en apoyo de la evangelización.
Que la Virgen María, que
acompañó con solicitud materna el camino de la Iglesia naciente,
guíe nuestros pasos también en esta época y nos obtenga un
nuevo Pentecostés de amor. En particular, que nos ayude a todos a tomar
conciencia de que somos misioneros, es decir, enviados por el Señor a ser
sus testigos en todos los momentos de nuestra existencia.
A los sacerdotes
"fidei donum", a los religiosos, a las religiosas, a los laicos voluntarios
comprometidos en las fronteras de la evangelización, así como a
quienes de diversos modos se dedican al anuncio del Evangelio, les aseguro un
recuerdo diario en mi oración, a la vez que imparto con afecto a todos
la bendición apostólica. . |