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1. Al comienzo del nuevo año, quiero hacer llegar a los gobernantes
y a los responsables de las naciones, así como a todos los hombres y mujeres
de buena voluntad, mis deseos de paz. Los dirijo en particular a todos los que
están probados por el dolor y el sufrimiento, a los que viven bajo la amenaza
de la violencia y la fuerza de las armas o que, agraviados en su dignidad, esperan
en su rescate humano y social. Los dirijo a los niños, que con su inocencia
enriquecen de bondad y esperanza a la humanidad y, con su dolor, nos impulsan
a todos trabajar por la justicia y la paz.
Pensando precisamente en los
niños, especialmente en los que tienen su futuro comprometido por la explotación
y la maldad de adultos sin escrúpulos, he querido que, con ocasión
del Día Mundial de la Paz, la atención de todos se centre en el
tema: La persona humana, corazón de la paz. En efecto, estoy convencido
de que respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se
ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como
se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones.
La persona
humana y la paz: don y tarea
2. La Sagrada Escritura
dice: «Dios creó el hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó;
hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). Por haber sido hecho a imagen
de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino
alguien, capaz de conocerse, de poseerse, de entregarse libremente y de entrar
en comunión con otras personas. Al mismo tiempo, por la gracia, está
llamado a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y amor que
nadie más puede dar en su lugar.[1] En esta perspectiva admirable,
se comprende la tarea que se ha confiado al ser humano de madurar en su capacidad
de amor y de hacer progresar el mundo, renovándolo en la justicia y en
la paz. San Agustín enseña con una elocuente síntesis: «
Dios, que nos ha creado sin nosotros, no ha querido salvarnos sin nosotros ».[2]
Por tanto, es preciso que todos los seres humanos cultiven la conciencia de los
dos aspectos, del don y de la tarea.
3. También la
paz es al mismo tiempo un don y una tarea. Si bien es verdad que la paz entre
los individuos y los pueblos, la capacidad de vivir unos con otros, estableciendo
relaciones de justicia y solidaridad, supone un compromiso permanente, también
es verdad, y lo es más aún, que la paz es un don de Dios. En efecto,
la paz es una característica del obrar divino, que se manifiesta tanto
en la creación de un universo ordenado y armonioso como en la redención
de la humanidad, que necesita ser rescatada del desorden del pecado. Creación
y Redención muestran, pues, la clave de lectura que introduce a la comprensión
del sentido de nuestra existencia sobre la tierra. Mi venerado predecesor Juan
Pablo II, dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas el
5 de octubre de 1995, dijo que nosotros «no vivimos en un mundo irracional
o sin sentido [...], hay una lógica moral que ilumina la existencia humana
y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos ».[3]
La gramática trascendente, es decir, el conjunto de reglas
de actuación individual y de relación entre las personas en justicia
y solidaridad, está inscrita en las conciencias, en las que se refleja
el sabio proyecto de Dios. Como he querido reafirmar recientemente, «creemos
que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad».[4]
Por tanto, la paz es también una tarea que a cada uno exige una respuesta
personal coherente con el plan divino. El criterio en el que debe inspirarse dicha
respuesta no puede ser otro que el respeto de la gramática
escrita en el corazón del hombre por su divino Creador.
En esta
perspectiva, las normas del derecho natural no han de considerarse como directrices
que se imponen desde fuera, como si coartaran la libertad del hombre. Por el contrario,
deben ser acogidas como una llamada a llevar a cabo fielmente el proyecto divino
universal inscrito en la naturaleza del ser humano. Guiados por estas normas,
los pueblos en sus respectivas culturas pueden acercarse así
al misterio más grande, que es el misterio de Dios. Por tanto, el reconocimiento
y el respeto de la ley natural son también hoy la gran base para el diálogo
entre los creyentes de las diversas religiones, así como entre los creyentes
e incluso los no creyentes. Éste es un gran punto de encuentro y, por tanto,
un presupuesto fundamental para una paz auténtica.
El derecho
a la vida y a la libertad religiosa
4. El deber de respetar
la dignidad de cada ser humano, en el cual se refleja la imagen del Creador, comporta
como consecuencia que no se puede disponer libremente de la persona. Quien tiene
mayor poder político, tecnológico o económico, no puede aprovecharlo
para violar los derechos de los otros menos afortunados. En efecto, la paz se
basa en el respeto de todos. Consciente de ello, la Iglesia se hace pregonera
de los derechos fundamentales de cada persona. En particular, reivindica el respeto
de la vida y la libertad religiosa de todos. El respeto del derecho a la vida
en todas sus fases establece un punto firme de importancia decisiva: la vida es
un don que el sujeto no tiene a su entera disposición. Igualmente, la afirmación
del derecho a la libertad religiosa pone de manifiesto la relación del
ser humano con un Principio trascendente, que lo sustrae a la arbitrariedad del
hombre mismo. El derecho a la vida y a la libre expresión de la propia
fe en Dios no están sometidos al poder del hombre. La paz necesita que
se establezca un límite claro entre lo que es y no es disponible: así
se evitarán intromisiones inaceptables en ese patrimonio de valores que
es propio del hombre como tal.
5. Por lo que se refiere al derecho
a la vida, es preciso denunciar el estrago que se hace de ella en nuestra sociedad:
además de las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo
y de diversas formas de violencia, hay muertes silenciosas provocadas por el hambre,
el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo
no ver en todo esto un atentado a la paz? El aborto y la experimentación
sobre los embriones son una negación directa de la actitud de acogida del
otro, indispensable para establecer relaciones de paz duraderas. Respecto a la
libre expresión de la propia fe, hay un síntoma preocupante de falta
de paz en el mundo, que se manifiesta en las dificultades que tanto los cristianos
como los seguidores de otras religiones encuentran a menudo para profesar pública
y libremente sus propias convicciones religiosas.
Hablando en particular
de los cristianos, debo notar con dolor que a veces no sólo se ven impedidos,
sino que en algunos Estados son incluso perseguidos, y recientemente se han debido
constatar también trágicos episodios de feroz violencia. Hay regímenes
que imponen a todos una única religión, mientras que otros regímenes
indiferentes alimentan no tanto una persecución violenta, sino un escarnio
cultural sistemático respecto a las creencias religiosas. En todo caso,
no se respeta un derecho humano fundamental, con graves repercusiones para la
convivencia pacífica. Esto promueve necesariamente una mentalidad y una
cultura negativa para la paz.
La igualdad de naturaleza de todas las
personas
6. En el origen de frecuentes tensiones que amenazan
la paz se encuentran seguramente muchas desigualdades injustas que, trágicamente,
hay todavía en el mundo. Entre ellas son particularmente insidiosas, por
un lado, las desigualdades en el acceso a bienes esenciales como la comida, el
agua, la casa o la salud; por otro, las persistentes desigualdades entre hombre
y mujer en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales.
Un elemento
de importancia primordial para la construcción de la paz es el reconocimiento
de la igualdad esencial entre las personas humanas, que nace de su misma dignidad
trascendente. En este sentido, la igualdad es, pues, un bien de todos, inscrito
en esa gramática natural que se desprende del proyecto divino
de la creación; un bien que no se puede desatender ni despreciar sin provocar
graves consecuencias que ponen en peligro la paz. Las gravísimas carencias
que sufren muchas poblaciones, especialmente del Continente africano, están
en el origen de reivindicaciones violentas y son por tanto una tremenda herida
infligida a la paz.
7. La insuficiente consideración de la
condición femenina provoca también factores de inestabilidad en
el orden social. Pienso en la explotación de mujeres tratadas como objetos
y en tantas formas de falta de respeto a su dignidad; pienso igualmente en
un contexto diverso en las concepciones antropológicas persistentes
en algunas culturas, que todavía asignan a la mujer un papel de gran sumisión
al arbitrio del hombre, con consecuencias ofensivas a su dignidad de persona y
al ejercicio de las libertades fundamentales mismas. No se puede caer en la ilusión
de que la paz está asegurada mientras no se superen también estas
formas de discriminación, que laceran la dignidad personal inscrita por
el Creador en cada ser humano.[5]
La ecología de la paz
8.
Juan Pablo II, en su Carta encíclica Centesimus annus, escribe: «
No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla
respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual
le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por
tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado ».[6]
Respondiendo a este don que el Creador le ha confiado, el hombre, junto con sus
semejantes, puede dar vida a un mundo de paz. Así, pues, además
de la ecología de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar
« humana », y que a su vez requiere una « ecología social
». Esto comporta que la humanidad, si tiene verdadero interés por
la paz, debe tener siempre presente la interrelación entre la ecología
natural, es decir el respeto por la naturaleza, y la ecología humana. La
experiencia demuestra que toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva
daños a la convivencia humana, y viceversa. Cada vez se ve más claramente
un nexo inseparable entre la paz con la creación y la paz entre los hombres.
Una y otra presuponen la paz con Dios. La poética oración de San
Francisco conocida como el Cántico del Hermano Sol, es un admirable
ejemplo, siempre actual, de esta multiforme ecología de la paz.
9.
El problema cada día más grave del abastecimiento energético
nos ayuda a comprender la fuerte relación entre una y otra ecología.
En estos años, nuevas naciones han entrado con pujanza en la producción
industrial, incrementando las necesidades energéticas. Eso está
provocando una competitividad ante los recursos disponibles sin parangón
con situaciones precedentes.
Mientras tanto, en algunas regiones del planeta
se viven aún condiciones de gran atraso, en las que el desarrollo está
prácticamente bloqueado, motivado también por la subida de los precios
de la energía. ¿Qué será de esas poblaciones? ¿Qué
género de desarrollo, o de no desarrollo, les impondrá la escasez
de abastecimiento energético? ¿Qué injusticias y antagonismos
provocará la carrera a las fuentes de energía? Y ¿cómo
reaccionarán los excluidos de esta competición? Son preguntas que
evidencian cómo el respeto por la naturaleza está vinculado estrechamente
con la necesidad de establecer entre los hombres y las naciones relaciones atentas
a la dignidad de la persona y capaces de satisfacer sus auténticas necesidades.
La destrucción del ambiente, su uso impropio o egoísta y
el acaparamiento violento de los recursos de la tierra, generan fricciones, conflictos
y guerras, precisamente porque son fruto de un concepto inhumano de desarrollo.
En efecto, un desarrollo que se limitara al aspecto técnico y económico,
descuidando la dimensión moral y religiosa, no sería un desarrollo
humano integral y, al ser unilateral, terminaría fomentando la capacidad
destructiva del hombre.
Concepciones restrictivas del hombre
10.
Es apremiante, pues, incluso en el marco de las dificultades y tensiones internacionales
actuales, el esfuerzo por abrir paso a una ecología humana que favorezca
el crecimiento del « árbol de la paz ». Para acometer una empresa
como ésta, es preciso dejarse guiar por una visión de la persona
no viciada por prejuicios ideológicos y culturales, o intereses políticos
y económicos, que inciten al odio y a la violencia. Es comprensible que
la visión del hombre varíe en las diversas culturas. Lo que no es
admisible es que se promuevan concepciones antropológicas que conlleven
el germen de la contraposición y la violencia. Son igualmente inaceptables
las concepciones de Dios que impulsen a la intolerancia ante nuestros semejantes
y el recurso a la violencia contra ellos. Éste es un punto que se ha de
reafirmar con claridad: nunca es aceptable una guerra en nombre de Dios. Cuando
una cierta concepción de Dios da origen a hechos criminales, es señal
de que dicha concepción se ha convertido ya en ideología.
11.
Pero hoy la paz peligra no sólo por el conflicto entre las concepciones
restrictivas del hombre, o sea, entre las ideologías. Peligra también
por la indiferencia ante lo que constituye la verdadera naturaleza del hombre.
En efecto, son muchos en nuestros tiempos los que niegan la existencia de una
naturaleza humana específica, haciendo así posible las más
extravagantes interpretaciones de las dimensiones constitutivas esenciales del
ser humano. También en esto se necesita claridad: una consideración
débil de la persona, que dé pie a cualquier concepción,
incluso excéntrica, sólo en apariencia favorece la paz. En realidad,
impide el diálogo auténtico y abre las puertas a la intervención
de imposiciones autoritarias, terminando así por dejar indefensa a la persona
misma y, en consecuencia, presa fácil de la opresión y la violencia.
Derechos
humanos y Organizaciones internacionales
12. Una paz estable
y verdadera presupone el respeto de los derechos del hombre. Pero si éstos
se basan en una concepción débil de la persona, ¿cómo
evitar que se debiliten también ellos mismos? Se pone así de manifiesto
la profunda insuficiencia de una concepción relativista de la persona cuando
se trata de justificar y defender sus derechos. La aporía es patente en
este caso: los derechos se proponen como absolutos, pero el fundamento que se
aduce para ello es sólo relativo. ¿Por qué sorprenderse cuando,
ante las exigencias incómodas que impone uno u otro derecho,
alguien se atreviera a negarlo o decidera relegarlo? Sólo si están
arraigados en bases objetivas de la naturaleza que el Creador ha dado al hombre,
los derechos que se le han atribuido pueden ser afirmados sin temor de ser desmentidos.
Por lo demás, es patente que los derechos del hombre implican a su vez
deberes. A este respecto, bien decía el mahatma Gandhi: «El Ganges
de los derechos desciende del Himalaya de los deberes». Únicamente
aclarando estos presupuestos de fondo, los derechos humanos, sometidos hoy a continuos
ataques, pueden ser defendidos adecuadamente. Sin esta aclaración, se termina
por usar la expresión misma de « derechos humanos », sobrentendiendo
sujetos muy diversos entre sí: para algunos, será la persona humana
caracterizada por una dignidad permanente y por derechos siempre válidos,
para todos y en cualquier lugar; para otros, una persona con dignidad versátil
y con derechos siempre negociables, tanto en los contenidos como en el tiempo
y en el espacio.
13. Los Organismos internacionales se refieren
continuamente a la tutela de los derechos humanos y, en particular, lo hace la
Organización de las Naciones Unidas que, con la Declaración Universal
de 1948, se ha propuesto como tarea fundamental la promoción de los derechos
del hombre. Se considera dicha Declaración como una forma de compromiso
moral asumido por la humanidad entera. Esto manifiesta una profunda verdad sobre
todo si se entienden los derechos descritos en la Declaración no simplemente
como fundados en la decisión de la asamblea que los ha aprobado, sino en
la naturaleza misma del hombre y en su dignidad inalienable de persona creada
por Dios. Por tanto, es importante que los Organismos internacionales no pierdan
de vista el fundamento natural de los derechos del hombre. Eso los pondría
a salvo del riesgo, por desgracia siempre al acecho, de ir cayendo hacia una interpretación
meramente positivista de los mismos. Si esto ocurriera, los Organismos internacionales
perderían la autoridad necesaria para desempeñar el papel de defensores
de los derechos fundamentales de la persona y de los pueblos, que es la justificación
principal de su propia existencia y actuación.
Derecho internacional
humanitario y derecho interno de los Estados
14. A partir
de la convicción de que existen derechos humanos inalienables vinculados
a la naturaleza común de los hombres, se ha elaborado un derecho internacional
humanitario, a cuya observancia se han comprometido los Estados, incluso en caso
de guerra. Lamentablemente, y dejando aparte el pasado, este derecho no ha sido
aplicado coherentemente en algunas situaciones bélicas recientes. Así
ha ocurrido, por ejemplo, en el conflicto que hace meses ha tenido como escenario
el Sur del Líbano, en el que se ha desatendido en buena parte la obligación
de proteger y ayudar a las víctimas inocentes, y de no implicar a la población
civil. El doloroso caso del Líbano y la nueva configuración de los
conflictos, sobre todo desde que la amenaza terrorista ha actuado con formas inéditas
de violencia, exigen que la comunidad internacional corrobore el derecho internacional
humanitario y lo aplique en todas las situaciones actuales de conflicto armado,
incluidas las que no están previstas por el derecho internacional vigente.
Además, la plaga del terrorismo reclama una reflexión profunda sobre
los límites éticos implicados en el uso de los instrumentos modernos
de la seguridad nacional. En efecto, cada vez más frecuentemente los conflictos
no son declarados, sobre todo cuando los desencadenan grupos terroristas decididos
a alcanzar por cualquier medio sus objetivos. Ante los hechos sobrecogedores de
estos últimos años, los Estados deben percibir la necesidad de establecer
reglas más claras, capaces de contrastar eficazmente la dramática
desorientación que se está dando. La guerra es siempre un fracaso
para la comunidad internacional y una gran pérdida para la humanidad. Y
cuando, a pesar de todo, se llega a ella, hay que salvaguardar al menos los principios
esenciales de humanidad y los valores que fundamentan toda convivencia civil,
estableciendo normas de comportamiento que limiten lo más posible sus daños
y ayuden a aliviar el sufrimiento de los civiles y de todas las víctimas
de los conflictos.[7]
15. Otro elemento que suscita gran
inquietud es la voluntad, manifestada recientemente por algunos Estados, de poseer
armas nucleares. Esto ha acentuado ulteriormente el clima difuso de incertidumbre
y de temor ante una posible catástrofe atómica. Es algo que hace
pensar de nuevo en los tiempos pasados, en las ansias abrumadoras del período
de la llamada guerra fría. Se esperaba que, después
de ella, el peligro atómico habría pasado definitivamente y que
la humanidad podría por fin dar un suspiro de sosiego duradero. A este
respecto, qué actual parece la exhortación del Concilio Ecuménico
Vaticano II: «Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente
a la destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes
es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo que hay que condenar con firmeza
y sin vacilaciones».[8] Lamentablemente, en el horizonte de la humanidad
siguen formándose nubes amenazadoras. La vía para asegurar un futuro
de paz para todos consiste no sólo en los acuerdos internacionales para
la no proliferación de armas nucleares, sino también en el compromiso
de intentar con determinación su disminución y desmantelamiento
definitivo. Ninguna tentativa puede dejarse de lado para lograr estos objetivos
mediante la negociación. ¡Está en juego la suerte de toda
la familia humana!
La Iglesia, tutela de la trascendencia de la persona
humana
16. Deseo, por fin, dirigir un llamamiento apremiante
al Pueblo de Dios, para que todo cristiano se sienta comprometido a ser un trabajador
incansable en favor de la paz y un valiente defensor de la dignidad de la persona
humana y de sus derechos inalienables. El cristiano, dando gracias a Dios por
haberlo llamado a pertenecer a su Iglesia, que es « signo y salvaguardia
de la trascendencia de la persona humana » [9] en el mundo, no se
cansará de implorarle el bien fundamental de la paz, tan importante en
la vida de cada uno. Sentirá también la satisfacción de servir
con generosa dedicación a la causa de la paz, ayudando a los hermanos,
especialmente a aquéllos que, además de sufrir privaciones y pobreza,
carecen también de este precioso bien. Jesús nos ha revelado que
«Dios es amor» (1 Jn 4,8), y que la vocación más grande
de cada persona es el amor.
En Cristo podemos encontrar las razones supremas
para hacernos firmes defensores de la dignidad humana y audaces constructores
de la paz.
17. Así pues, que nunca falte la aportación
de todo creyente a la promoción de un verdadero humanismo integral, según
las enseñanzas de las Cartas encíclicas Populorum progressio y Sollicitudo
rei socialis, de las que nos preparamos a celebrar este año precisamente
el 40 y el 20 aniversario. Al comienzo del año 2007, al que nos asomamos
aun entre peligros y problemas con el corazón lleno de esperanza,
confío mi constante oración por toda la humanidad a la Reina de
la Paz, Madre de Jesucristo, « nuestra paz » (Ef 2,14). Que María
nos enseñe en su Hijo el camino de la paz, e ilumine nuestros ojos para
que sepan reconocer su Rostro en el rostro de cada persona humana, corazón
de la paz. Vaticano, 8 de diciembre de 2006
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