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Queridos
hermanos y hermanas:
1.
Al cumplirse el cuadragésimo aniversario de la clausura
del Concilio Vaticano II, me alegra recordar su Decreto sobre
los Medios de Comunicación Social, «Inter Mirifica»,
que señaló especialmente el poder de los medios
para ejercer una influencia en toda la sociedad humana. La necesidad
de herramientas que ayuden al bien de la humanidad me ha impulsado
a reflexionar, en mi primer mensaje para la Jornada Mundial
de las Comunicaciones Sociales, sobre la idea de los medios
como una red que facilita la comunicación, la comunión
y la cooperación.
San Pablo, en su carta a los Efesios, describe vívidamente
nuestra vocación humana como la de «participantes
de la naturaleza divina» («Dei verbum», 2):
por Cristo tenemos acceso al Padre en el Espíritu; ya
no somos extranjeros y extraños, sino ciudadanos con
los santos y los miembros de la familia de Dios, transformándonos
en un templo santo, una morada para Dios (cf. Ef 2, 18-22).
Este sublime retrato de una vida de comunión pone en
movimiento todos los aspectos de nuestra vida como cristianos.
La invitación a acoger con autenticidad la autocomunicación
de Dios en Cristo significa en realidad una llamada a reconocer
su fuerza dinámica dentro de nosotros, que desde ahí
desea propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo,
para que su amor sea realmente la medida prevalente en el mundo
(cf. «Homilía para la Jornada Mundial de la Juventud»,
Colonia, 21 de agosto 2005).
2. Los avances
tecnológicos en los medios han conquistado en cierta
medida tiempo y espacio, haciendo la comunicación entre
las personas tanto instantánea como directa, aun cuando
están separadas por enormes distancias. Este desarrollo
presenta un potencial enorme para servir al bien común
y «constituye un patrimonio a salvaguardar y promover»
(«El Rápido Desarrollo», 10). Sin embargo,
como todos sabemos, nuestro mundo está lejos de ser perfecto.
Diariamente se nos recuerda que la inmediatez de la comunicación
no necesariamente se traduce en la construcción de la
cooperación y la comunión en la sociedad.
Iluminar las conciencias de los individuos y ayudar a formar
su pensamiento nunca es una tarea neutral. La comunicación
auténtica demanda valor y decisión radicales.
Requiere la determinación de aquellos que trabajan en
los medios para no debilitarse bajo el peso de tanta información
ni para conformarse con verdades parciales o provisionales.
Por el contrario, requiere tanto la búsqueda como la
transmisión de lo que es el sentido y el fundamento último
de la existencia humana, personal y social (cf. «Fides
et Ratio», 5). De esta forma, los medios pueden contribuir
constructivamente a la propagación de todo lo que es
bueno y verdadero.
3.
El llamado a los medios de comunicación de hoy a ser
responsables, a ser protagonistas de la verdad y promotores
de la paz que ella conlleva, supone numerosos desafíos.
Aunque los diversos instrumentos de comunicación social
facilitan el intercambio de información, ideas y entendimiento
mutuo entre grupos, también están teñidos
de ambigüedad. Paralelamente a que facilitan "una
gran mesa redonda" para el diálogo, algunas tendencias
dentro de los medios engendran una forma de monocultura que
oscurece el genio creador, reduce la sutileza del pensamiento
complejo y desestima la especificidad de prácticas culturales
y la particularidad de la creencia religiosa. Estas son distorsiones
que ocurren cuando la industria de los medios se reduce al servicio
de sí misma o funciona solamente guiada por el lucro,
perdiendo el sentido de responsabilidad hacia el bien común.
Así pues, deben fomentarse siempre el reporte preciso
de los eventos, la explicación completa de los hechos
de interés público y la presentación justa
de diversos puntos de vista. La necesidad de sostener y apoyar
la vida matrimonial y familiar es de particular importancia,
precisamente porque se relaciona con el fundamento de cada cultura
y sociedad (cf. «Apostolicam Actuositatem», 11).
En colaboración con los padres, las industrias de la
comunicación social y el entretenimiento pueden ayudar
en la difícil pero altamente satisfactoria vocación
de educar a la niñez, con la presentación de modelos
edificantes de vida y amor humanos (cf. «Inter Mirifica»,
11). Es muy descorazonador y destructivo para todos nosotros
cuando lo opuesto ocurre. ¿No lloran nuestros corazones,
muy especialmente, cuando los jóvenes son sujetos de
expresiones degradantes o falsas de amor que ridiculizan la
dignidad otorgada por Dios de cada persona humana y socavan
los intereses de la familia?
4.
Para motivar tanto una presencia constructiva como una percepción
positiva de los medios en la sociedad, deseo reiterar la importancia
de los tres pasos identificados por mi venerado predecesor el
Papa Juan Pablo II, necesarios para el servicio que deben prestar
al bien común: formación, participación
y diálogo (cf. «El Rápido Desarrollo»,
11).
La formación en el uso responsable y crítico de
los medios ayuda a las personas a utilizarlos de manera inteligente
y apropiada. El profundo impacto que los medios electrónicos
en particular ejercen al generar un nuevo vocabulario e imágenes,
que introducen tan fácilmente en la sociedad, no habría
de ser sobrevalorado. Precisamente porque los medios contemporáneos
configuran la cultura popular, ellos mismos deben sobreponerse
a toda tentación de manipular, especialmente a los jóvenes,
y por el contrario deben impulsarse en el deseo de formar y
servir. De este modo, ellos protegen en vez de erosionar el
tejido de la sociedad civil, tan valioso para la persona humana.
La participación en los medios surge de su naturaleza:
son un bien destinado a toda persona. Como servicio público,
la comunicación social requiere de un espíritu
de cooperación y co-responsabilidad con escrupulosa atención
en el uso de los recursos públicos y en el desempeño
de los cargos públicos (cf. «Ética en las
Comunicaciones Sociales», 20), incluyendo el recurso a
marcos normativos y a otras medidas o estructuras diseñadas
para lograr este objetivo.
Finalmente, los medios de comunicación deben aprovechar
y ejercer las grandes oportunidades que les brindan la promoción
del diálogo, el intercambio de conocimientos, la expresión
de solidaridad y los vínculos de paz. De esta manera
ellos se transforman en recursos incisivos y apreciados para
la construcción de la civilización del amor que
toda persona anhela.
Estoy seguro de que unos serios esfuerzos para promover estos
tres pasos, ayudarán a los medios a desarrollarse sólidamente
como una red de comunicación, comunión y cooperación,
ayudando a los hombres, mujeres y niños, a prestar más
atención a la dignidad de la persona humana, a ser más
responsables y abiertos a los otros, especialmente a los miembros
más necesitados y débiles de la sociedad (cf.
«Redemptor Hominis», 15; «Ética en
las Comunicaciones Sociales», 4).
Para concluir, retomo las alentadoras palabras de San Pablo:
Cristo es nuestra paz. En él somos uno (cf. Ef 2, 14).
¡Rompamos juntos los muros divisorios de la hostilidad
y construyamos la comunión de amor según los designios
que el Creador nos dio a conocer por medio de su Hijo!.
Desde el Vaticano, 24 de enero 2006, Fiesta de San Francisco
de Sales.
BENEDICTUS PP. XVI
[Traducción del original inglés
distribuida por la Santa Sede]
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