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Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la próxima Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado,
con la mirada puesta en la Santa Familia de Nazaret, icono de todas las familias,
querría invitarlos a reflexionar sobre la situación de la familia
migrante. El evangelista Mateo narra que, poco tiempo después del nacimiento
de Jesús, José se vio obligado a salir de noche hacia Egipto llevando
consigo al niño y a su madre, para huir de la persecución del rey
Herodes (cfr Mt 2, 13-15). Comentando esta página evangélica, mi
venerado Predecesor, el Siervo de Dios Papa Pío XII, escribió en
1952: La familia de Nazaret en exilio, Jesús, María y José,
emigrantes en Egipto y allí refugiados para sustraerse a la ira de un rey
impío, son el modelo, el ejemplo y el consuelo de los emigrantes y peregrinos
de cada época y País, de todos los prófugos de cualquier
condición que, acuciados por las persecuciones o por la necesidad, se ven
obligados a abandonar la patria, la amada familia y los amigos entrañables
para dirigirse a tierras extranjeras (Exsul familia, AAS 44, 1952, 649).
En el drama de la Familia de Nazaret, obligada a refugiarse en Egipto, percibimos
la dolorosa condición de todos los migrantes, especialmente de los refugiados,
de los desterrados, de los evacuados, de los prófugos, de los perseguidos.
Percibimos las dificultades de cada familia migrante, las penurias, las humillaciones,
la estrechez y la fragilidad de millones y millones de migrantes, prófugos
y refugiados. La Familia de Nazaret refleja la imagen de Dios custodiada en el
corazón de cada familia humana, si bien desfigurada y debilitada por la
emigración. El tema de la próxima Jornada Mundial del Migrante
y el Refugiado La familia migrante se sitúa en continuidad
con los del 1980, 1986 y 1993, y pretende acentuar ulteriormente el compromiso
de la Iglesia no sólo a favor del individuo migrante, sino también
de su familia, lugar y recurso de la cultura de la vida y principio de integración
de valores. Muchas son las dificultades que encuentra la familia del migrante.
La lejanía de sus componentes y la frustrada reunificación son a
menudo ocasión de ruptura de los vínculos originarios. Se establecen
nuevas relaciones y nacen nuevos afectos; se olvida el pasado y los propios deberes,
puestos a dura prueba por la distancia y la soledad. Si no se garantiza a la familia
inmigrada una real posibilidad de inserción y participación, es
difícil prever su desarrollo armónico. La Convención internacional
sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios
y de sus familiares, entrada en vigencia el 1 de julio de 2003, pretende tutelar
los trabajadores y trabajadoras migrantes y los miembros de las respectivas familias.
Se reconoce, por tanto, el valor de la familia también en lo que atañe
a la emigración, fenómeno ahora estructural de nuestras sociedades.
La Iglesia anima la ratificación de los instrumentos legales internacionales
propuestos para defender los derechos de los migrantes, de los refugiados y de
sus familias, y ofrece, en varias de sus Instituciones y Asociaciones, aquella
advocacy que se hace cada vez más necesaria. Se han abierto, para tal fin,
centros de escucha para migrantes, casas para su acogida, oficinas de servicios
para las personas y las familias, y se han puesto en marcha otras iniciativas
para satisfacer las crecientes exigencias en este campo.
Actualmente, se
está trabajando mucho por la integración de las familias de los
inmigrantes, no obstante quede aún tanto por hacer. Existen dificultades
efectivas relacionadas con algunos mecanismos de defensa de la primera
generación inmigrada, que pueden llegar a constituir un obstáculo
para una subsiguiente maduración de los jóvenes de la segunda generación.
Es por tanto necesario predisponer acciones legislativas, jurídicas y sociales
para facilitar dicha integración. En estos últimos tiempos ha aumentado
el número de mujeres que abandonan el País de origen en busca de
mejores condiciones de vida, en pos de perspectivas profesionales más alentadoras.
Pero no son pocas las mujeres que terminan siendo víctimas del tráfico
de seres humanos y de la prostitución. En las reunificaciones familiares
las asistentes sociales, en particular las religiosas, pueden llevar a cabo un
beneficioso servicio de mediación, digno de una creciente valorización.
En
cuanto al tema de la integración de las familias de los inmigrantes, siento
el deber de llamar la atención sobre las familias de los refugiados, cuyas
condiciones parecen empeorar con respecto al pasado, también por lo que
atañe a la reunificación de los núcleos familiares. En los
territorios destinados a su acogida, junto a las dificultades logísticas,
y personales, asociadas a los traumas y el estrés emocional por las trágicas
experiencias vividas, a veces se suma el riesgo de la implicación de mujeres
y niños en la explotación sexual como mecanismo de supervivencia.
En estos casos, es necesaria una atenta presencia pastoral que, además
de prestar asistencia capaz de aliviar las heridas del corazón, ofrezca
por parte de la comunidad cristiana un apoyo capaz de restablecer la cultura del
respeto y redescubrir el verdadero valor del amor. Es preciso animar, a todo aquel
que está destruido interiormente, a recuperar la confianza en sí
mismo. Es necesario, en fin, comprometerse para garantizar los derechos y la dignidad
de las familias, y asegurarles un alojamiento conforme a sus exigencias. A los
refugiados se les pide que cultiven una actitud abierta y positiva hacia la sociedad
que los acoge, manteniendo una disponibilidad activa a las propuestas de participación
para construir juntos una comunidad integrada, que sea casa común
de todos.
Entre los migrantes existe una categoría que debemos
considerar de forma especial: los estudiantes de otros Países, que se hallan
lejos de su hogar, sin un adecuado conocimiento del idioma, a veces carentes de
amistades, y a menudo dotados con becas insuficientes. Su condición se
agrava cuando se trata de estudiantes casados. Con sus Instituciones, la Iglesia
se esfuerza por hacer menos dolorosa la ausencia del apoyo familiar de estos jóvenes
estudiantes, ayudándolos a integrarse en las ciudades que les reciben,
poniéndolos en contacto con familias dispuestas a acogerles y a facilitar
el conocimiento recíproco. Como he dicho en otra ocasión, la
ayuda a los estudiantes extranjeros es un importante campo de acción
pastoral. Sin lugar a dudas, los jóvenes que por motivos de estudio abandonan
el propio País se enfrentan a numerosos problemas, sobre todo al riesgo
de una crisis de identidad (LOsservatore Romano, 15 de diciembre de
2005).
Queridos hermanos y hermanas, pueda la Jornada Mundial del Migrante
y el Refugiado convertirse en una ocasión útil para sensibilizar
las comunidades eclesiales y la opinión pública acerca de las necesidades
y problemas, así como de las potencialidades positivas, de las familias
migrantes. Dirijo de modo especial mi pensamiento a quienes están comprometidos
directamente con el vasto fenómeno de la migración, y aquellos que
emplean sus energías pastorales al servicio de la movilidad humana. La
palabra del apóstol Pablo: caritas Christi urget nos (2 Co
5, 14) los anime a donarse, con preferencia, a los hermanos y hermanas más
necesitados. Con estos sentimientos, invoco sobre cada uno la divina asistencia,
y a todos imparto con cariño una especial Bendición Apostólica.
Vaticano, 18 de octubre de 2006
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