| Queridos
hermanos, celebramos esta Eucaristía haciendo memoria del acontecimiento de Pentecostés.
Estamos reunidos con María, la Madre de Jesús, y aun después de partir de este
santuario seguiremos viviendo, bajo el impulso del Espíritu Santo, del ardor que
él nos infunde, de la comunión que él forja entre nosotros y de la abundancia
de los carismas y ministerios que él regala a su Iglesia. Seguiremos sirviendo
pastoralmente con la urgencia de las puertas del Cenáculo muy abiertas, y con
el ejemplo de la predicación de Pedro, lleno de valentía, de confianza y convicción. Nos
inspira esta mañana la fiesta de la Visitación de María. Recordamos a la Sma.
Virgen , que llevando a Jesús en su seno, se apresuró a visitar a su pariente
Isabel. Maria
misionera Fue
la primera acción misionera de María que nos narran los Evangelios. Bastó una
insinuación del Ángel Gabriel, y ella se puso en camino, presurosa, hacia el hogar
de su prima Isabel. Prefirió no quedarse en casa, adorando a Jesús recién concebido
en su seno. Es claro, nunca tuvo la tentación de separar el amor a Dios del amor
al prójimo. A ambos amores, entrelazados en su alma, se dedicaba con todo el corazón,
con toda el alma y con todas sus fuerzas. Tampoco
la detuvieron los peligros del camino. María, llena de valor, si bien muy joven,
partió con el Niño. Como custodia viva, salió esa primera procesión de Corpus
sostenida por la confianza en Dios y animada por el amor. María misionera salió
de Nazaret, simplemente para servir. Servía a Dios y serviría a su pariente necesitada.
Había tocado su alma el que vino a servir y no a ser servido, y al instante dejó
la Virgen el calor del hogar. Optó por el riesgo del camino de Jesús. Notable
enseñaza la suya. No se entretuvo fuera de la vivienda de Isabel. Nos dice el
Evangelio que entró a la casa. No le basta al misionero un saludo al pasar, ni
las distracciones de afuera. Ha de entrar apenas abierta la puerta, como Jesús
en el corazón de la humanidad. Entró y saludó con un efecto admirable. De inmediato
saltó de alegría el precursor en el seno de su madre. La alegría y la acción del
Espíritu Santo son dones inseparables del saludo de María, por voluntad de Dios.
En sus horas de aflicción, un prisionero en un campo de concentración imploraba
estos dones con una sencilla jaculatoria: “¡Salúdame, María!'. Isabel
la saluda cordial y humildemente, movida por la fe. Pareciera que la estaba esperando.
¿Pareciera, tan sólo? Es una verdad impactante: Todos los seres humanos están
esperando a Jesús. Fueron creados para ir a su encuentro y para acoger su presencia
y sus dones. Es la certeza que pueden tener los misioneros. Aún quienes los reciben
con indiferencia o los rechazan, nacieron para encontrarse con el Señor: con su
vida, con su verdad y con su camino. Si todos lo supieran: ¡El Señor es su luz
y su salvación, su canto y su paz! María
misionera comparte con Isabel su maravillosa experiencia. Está feliz, porque el
Señor ha mirado la pequeñez de su sierva y hace grandes cosas a favor suyo. Cuando
el misionero está lleno de gozo y de paz porque ha encontrado y sigue encontrando
a Dios en su propia vida y en la historia, su testimonio asombra y contagia Así
el discípulo capaz de contemplar a Dios le prepara el camino a Jesús. Le preguntarán
por las razones de su esperanza. Quienes tienen más sed de Dios, querrán compartirlas.
En el espíritu de Nuestra Señora ocurrirá el despertar misionero de nuestra Iglesia
en América Latina y el Caribe. María
discípula María
misionera acababa de recibir el anuncio del ángel en la hora de la Encarnación
del Verbo, había vivido una hora de gracia única como discípula de Dios. Ya lo
sabía; se lo decía su propia experiencia: había sido escogida por el Señor. Pero
se sentía muy pequeña, hasta el punto de turbarse ante el saludo del ángel. Así
se estremece la existencia del discípulo ante el don gratuito del llamado de Dios.
El ángel acababa de llamarla por su propio nombre: Alégrate, llena de gracia. A
la discípula inmaculada le era familiar la lectura orante de las Escrituras. Ese
mundo era su verdadera casa. Vivía en el espacio interior de la Palabra de Dios
y de la historia de alianza de su pueblo con Dios, su Esposo y Hacedor. Se identificaba
con ella. En esa decisiva, Dios le pidió su conformidad y el don de su vida. De
su aceptación obediente pendía el cumplimiento de los designios de Dios y el bien
de su pueblo. Es el camino de todos los verdaderos discípulos del Señor. En la
‘lectio divina' lo encuentran. En ese espacio lo admiran y lo contemplan, lo escuchan
y conversan con él, descifran el querer de Dios, se convierten y le responden:
con palabras y con el don de su vida, para colaborar con él. El
diálogo que sostuvo con el ángel Gabriel nos entreabre una ventana por la cual
podemos asomarnos a la espiritualidad de María, discípula y misionera. Su sinceridad
no conocía límites. Tampoco su voluntad de colaborar con Dios, su Esposo y Señor.
Pero ¿como podría concebir si toda su vida le pertenecía virginalmente a su Señor?
Tanto el discípulo como el misionero necesitan la palabra del Ángel, y saber que
para Dios no hay nada imposible. Desde entonces, desde la roca de esa confianza
inconmovible, en cada una de las circunstancias de su vida, sobre todo en las
más difíciles, María podría decirse: “Para Dios no hay nada imposible, he aquí
a la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Esta melodía se unía al
Magnificat en su espíritu, colmado de asombro y santidad. Como ninguna persona
humana vivió la alegría y la libertad de la donación a Dios para realizar con
él lo que va más allá de toda expectativa y de todo sueño humano, para abrir con
su gracia el espacio interior de la nueva y eterna alianza, alianza de vida, de
amor y de paz. |