| |
Queridos hermanos y hermanas:
El escritor ruso León Tolstoi, en
un breve relato, narra que había un rey severo que pidió a sus sacerdotes
y sabios que le mostraran a Dios para poder verlo. Los sabios no fueron capaces
de cumplir ese deseo. Entonces un pastor, que volvía del campo, se ofreció
para realizar la tarea de los sacerdotes y los sabios. El pastor dijo al rey que
sus ojos no bastaban para ver a Dios.
Entonces el rey quiso saber al menos
qué es lo que hacía Dios. "Para responder a esta pregunta dijo
el pastor al rey debemos intercambiarnos nuestros vestidos". Con cierto
recelo, pero impulsado por la curiosidad para conocer la información esperada,
el rey accedió y entregó sus vestiduras reales al pastor y él
se vistió con la ropa sencilla de ese pobre hombre. En ese momento recibió
como respuesta: "Esto es lo que hace Dios".
En efecto, el Hijo
de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, renunció a su esplendor divino:
"Se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se
rebajó hasta someterse incluso a la muerte" (Flp 2, 6 ss). Como dicen
los santos Padres, Dios realizó el sacrum commercium, el sagrado intercambio:
asumió lo que era nuestro, para que nosotros pudiéramos recibir
lo que era suyo, ser semejantes a Dios. San Pablo, refiriéndose
a lo que acontece en el bautismo, usa explícitamente la imagen del vestido:
"Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo"
(Ga 3, 27). Eso es precisamente lo que sucede en el bautismo: nos revestimos de
Cristo; él nos da sus vestidos, que no son algo externo. Significa que
entramos en una comunión existencial con él, que su ser y el nuestro
confluyen, se compenetran mutuamente. "Ya no soy yo quien vivo, sino que
es Cristo quien vive en mí": así describe san Pablo en la carta
a los Gálatas (Ga 2, 20) el acontecimiento de su bautismo.
Cristo
se ha puesto nuestros vestidos: el dolor y la alegría de ser hombre, el
hambre, la sed, el cansancio, las esperanzas y las desilusiones, el miedo a la
muerte, todas nuestras angustias hasta la muerte. Y nos ha dado sus "vestidos".
Lo que expone en la carta a los Gálatas como simple "hecho" del
bautismo el don del nuevo ser, san Pablo nos lo presenta en la carta
a los Efesios como un compromiso permanente: "Debéis despojaros, en
cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo. (...) y revestiros del hombre
nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad. Por tanto,
desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo, pues
somos miembros los unos de los otros. Si os airáis, no pequéis"
(Ef 4, 22-26). Esta teología del bautismo se repite de modo nuevo
y con nueva insistencia en la ordenación sacerdotal. De la misma manera
que en el bautismo se produce un "intercambio de vestidos", un intercambio
de destinos, una nueva comunión existencial con Cristo, así también
en el sacerdocio se da un intercambio: en la administración de los sacramentos
el sacerdote actúa y habla ya "in persona Christi".
En
los sagrados misterios el sacerdote no se representa a sí mismo y no habla
expresándose a sí mismo, sino que habla en la persona de Otro, de
Cristo. Así, en los sacramentos se hace visible de modo dramático
lo que significa en general ser sacerdote; lo que expresamos con nuestro "Adsum"
"Presente" durante la consagración sacerdotal: estoy
aquí, presente, para que tú puedas disponer de mí. Nos ponemos
a disposición de Aquel "que murió por todos, para que los que
viven ya no vivan para sí" (2 Co 5, 15). Ponernos a disposición
de Cristo significa identificarnos con su entrega "por todos": estando
a su disposición podemos entregarnos de verdad "por todos".
In
persona Christi: en el momento de la ordenación sacerdotal, la Iglesia
nos hace visible y palpable, incluso externamente, esta realidad de los "vestidos
nuevos" al revestirnos con los ornamentos litúrgicos. Con ese gesto
externo quiere poner de manifiesto el acontecimiento interior y la tarea que de
él deriva: revestirnos de Cristo, entregarnos a él como él
se entregó a nosotros. Este acontecimiento, el "revestirnos de
Cristo", se renueva continuamente en cada misa cuando nos revestimos de los
ornamentos litúrgicos. Para nosotros, revestirnos de los ornamentos debe
ser algo más que un hecho externo; implica renovar el "sí"
de nuestra misión, el "ya no soy yo" del bautismo que la ordenación
sacerdotal de modo nuevo nos da y a la vez nos pide.
El hecho de acercarnos
al altar vestidos con los ornamentos litúrgicos debe hacer claramente visible
a los presentes, y a nosotros mismos, que estamos allí "en la persona
de Otro". Los ornamentos sacerdotales, tal como se han desarrollado a lo
largo del tiempo, son una profunda expresión simbólica de lo que
significa el sacerdocio. Por eso, queridos hermanos, en este Jueves santo quisiera
explicar la esencia del ministerio sacerdotal interpretando los ornamentos litúrgicos,
que quieren ilustrar precisamente lo que significa "revestirse de Cristo",
hablar y actuar in persona Christi. En otros tiempos, al revestirse de
los ornamentos sacerdotales se rezaban oraciones que ayudaban a comprender mejor
cada uno de los elementos del ministerio sacerdotal. Comencemos por el amito.
En el pasado y todavía hoy en las órdenes monásticas
se colocaba primero sobre la cabeza, como una especie de capucha, simbolizando
así la disciplina de los sentidos y del pensamiento, necesaria para una
digna celebración de la santa misa. Nuestros pensamientos no deben divagar
por las preocupaciones y las expectativas de nuestra vida diaria; los sentidos
no deben verse atraídos hacia lo que allí, en el interior de la
iglesia, casualmente quisiera secuestrar los ojos y los oídos. Nuestro
corazón debe abrirse dócilmente a la palabra de Dios y recogerse
en la oración de la Iglesia, para que nuestro pensamiento reciba su orientación
de las palabras del anuncio y de la oración. Y la mirada del corazón
se debe dirigir hacia el Señor, que está en medio de nosotros: eso
es lo que significa ars celebrandi, el modo correcto de celebrar. Si estoy con
el Señor, entonces al escuchar, hablar y actuar, atraigo también
a la gente hacia la comunión con él.
Los textos de la oración
que interpretan el alba y la estola van en la misma dirección. Evocan el
vestido festivo que el padre dio al hijo pródigo al volver a casa andrajoso
y sucio. Cuando nos disponemos a celebrar la liturgia para actuar en la persona
de Cristo, todos caemos en la cuenta de cuán lejos estamos de él,
de cuánta suciedad hay en nuestra vida. Sólo él puede darnos
un traje de fiesta, hacernos dignos de presidir su mesa, de estar a su servicio.
Así, las oraciones recuerdan también las palabras del Apocalipsis,
según las cuales las vestiduras de los ciento cuarenta y cuatro mil elegidos
eran dignas de Dios no por mérito de ellos. El Apocalipsis comenta que
habían lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero y que de ese modo
habían quedado tan blancas como la luz (cf. Ap 7, 14).
Cuando yo
era niño me decía: pero algo que se lava en la sangre no queda blanco
como la luz. La respuesta es: la "sangre del Cordero" es el amor de
Cristo crucificado. Este amor es lo que blanquea nuestros vestidos sucios, lo
que hace veraz e ilumina nuestra alma obscurecida; lo que, a pesar de todas nuestras
tinieblas, nos transforma a nosotros mismos en "luz en el Señor".
Al revestirnos del alba deberíamos recordar: él sufrió también
por mí; y sólo porque su amor es más grande que todos mis
pecados, puedo representarlo y ser testigo de su luz.
Pero además
de pensar en el vestido de luz que el Señor nos ha dado en el bautismo
y, de modo nuevo, en la ordenación sacerdotal, podemos considerar también
el vestido nupcial, del que habla la parábola del banquete de Dios. En
las homilías de san Gregorio Magno he encontrado a este respecto una reflexión
digna de tenerse en cuenta. San Gregorio distingue entre la versión de
la parábola que nos ofrece san Lucas y la de san Mateo. Está convencido
de que la parábola de san Lucas habla del banquete nupcial escatológico,
mientras que, según él, la versión que nos transmite san
Mateo trataría de la anticipación de este banquete nupcial en la
liturgia y en la vida de la Iglesia.
En efecto, en san Mateo, y sólo
en san Mateo, el rey acude a la sala llena para ver a sus huéspedes. Y
entre esa multitud encuentra también un huésped sin vestido nupcial,
que luego es arrojado fuera a las tinieblas. Entonces san Gregorio se pregunta:
"pero, ¿qué clase de vestido le faltaba? Todos los fieles congregados
en la Iglesia han recibido el vestido nuevo del bautismo y de la fe; de lo contrario
no estarían en la Iglesia. Entonces, ¿qué les falta aún?
¿Qué vestido nupcial debe añadirse aún?".
El
Papa responde: "El vestido del amor". Y, por desgracia, entre sus huéspedes,
a los que había dado el vestido nuevo, el vestido blanco del nuevo nacimiento,
el rey encuentra algunos que no llevaban el vestido color púrpura del amor
a Dios y al prójimo. "¿En qué condición queremos
entrar en la fiesta del cielo se pregunta el Papa, si no llevamos
puesto el vestido nupcial, es decir, el amor, lo único que nos puede embellecer?".
En el interior de una persona sin amor reina la oscuridad. Las tinieblas exteriores,
de las que habla el Evangelio, son sólo el reflejo de la ceguera interna
del corazón (cf. Homilía XXXVIII, 8-13).
Ahora, al disponernos
a celebrar la santa misa, deberíamos preguntarnos si llevamos puesto este
vestido del amor. Pidamos al Señor que aleje toda hostilidad de nuestro
interior, que nos libre de todo sentimiento de autosuficiencia, y que de verdad
nos revista con el vestido del amor, para que seamos personas luminosas y no pertenezcamos
a las tinieblas.
Por último, me referiré brevemente a la
casulla. La oración tradicional cuando el sacerdote reviste la casulla
ve representado en ella el yugo del Señor, que se nos impone a los sacerdotes.
Y recuerda las palabras de Jesús, que nos invita a llevar su yugo y a aprender
de él, que es "manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29).
Llevar el yugo del Señor significa ante todo aprender de él. Estar
siempre dispuestos a seguir su ejemplo. De él debemos aprender la mansedumbre
y la humildad, la humildad de Dios que se manifiesta al hacerse hombre. San
Gregorio Nacianceno, en cierta ocasión, se preguntó por qué
Dios quiso hacerse hombre. La parte más importante, y para mí más
conmovedora, de su respuesta es: "Dios quería darse cuenta de lo que
significa para nosotros la obediencia y quería medirlo todo según
su propio sufrimiento, esta invención de su amor por nosotros. De este
modo, puede conocer directamente en sí mismo lo que nosotros experimentamos,
lo que se nos exige, la indulgencia que merecemos, calculando nuestra debilidad
según su sufrimiento" (Discurso 30; Disc. Teol. IV, 6).
A
veces quisiéramos decir a Jesús: "Señor, para mí
tu yugo no es ligero; más aún, es muy pesado en este mundo".
Pero luego, mirándolo a él que lo soportó todo, que experimentó
en sí la obediencia, la debilidad, el dolor, toda la oscuridad, entonces
dejamos de lamentarnos. Su yugo consiste en amar como él. Y cuanto más
lo amamos a él y cuanto más amamos como él, tanto más
ligero nos resulta su yugo, en apariencia pesado.
Pidámosle que
nos ayude a amar como él, para experimentar cada vez más cuán
hermoso es llevar su yugo. Amén.
| |