| Estimados
hermanos y hermanas:
En estos días que celebramos el 186º aniversario
de la Independencia nacional, quiero compartir con ustedes esta reflexión
sobre nuestra Patria.
En las últimas semanas el país ha vivido
experiencias contrastantes, por un lado, hemos sido testigos de gestos de solidaridad
de miles de peruanos frente a la ola de friaje que ha azotado las zonas andinas
de nuestra Patria. Igualmente el Perú se ha llenado de orgullo al reconocerse
a Machu Picchu como una de las nuevas Maravillas del mundo.
Por otro lado,
el país ha vivido manifestaciones, huelgas, paralizaciones, protestas que
más allá de la justicia, validez o legalidad de éstas, crearon
un ambiente de convulsión social e inseguridad, que no es el mejor camino
para solucionar los problemas de nuestra Patria. |
Lo
paradójico de estas protestas es que en los últimos años
no habíamos tenido como ahora un crecimiento económico tan grande
y sostenido, las proyecciones económicas no habían mostrado tan
buen derrotero y nunca las regiones de nuestro país habían tenido
tantos recursos disponibles. Pero el hecho de tener unos índices económicos
favorables y al mismo tiempo un descontento social nos tiene que hacer reflexionar,
por un lado, sobre la razón y sentido de estas protestas sociales y, por
otro lado, acerca del tipo de progreso y desarrollo que
queremos para nuestro país.
Ciertamente, el progreso económico
de un país no implica necesariamente un progreso social, pues el hecho
que la macroeconomía del Perú crezca no quiere decir que la economía
de todos los peruanos esté creciendo, y menos aún en la misma proporción.
Una economía despersonalizada no llega a la población, por eso la
economía debe tener un rostro humano.
Debemos recordar que la mitad
de los peruanos está bajo la línea de pobreza, por ello no debemos
minimizarla, porque en la mayoría de los casos los daños que causa
son irreversibles y tiene consecuencias en términos de políticas
públicas, constituyéndose además como un grave problema ético.
Mueven
esta reflexión las palabras de Su Santidad Benedicto XVI en Aparecida,
en mayo último, que nos recordaba: la Iglesia es abogada de la justicia
y de los pobres[1]
, por eso desde la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia,
¿no sería mejor invertir más en promover la paz social, en
reducir los índices de violencia ciudadana, en prevenir la delincuencia
y en mejorar la calidad de vida? ¿Por qué no invertir en la misma
proporción en proyectos sociales como se invierte en proyectos productivos?
Esto podría evitar la paradoja de tener pueblos en la pobreza pero con
organismos que disponen de recursos naturales y económicos, como es la
realidad de muchas regiones del Perú.
Estimados hermanos y hermanas:
el desarrollo de un país no sólo se mide en cuadros y estadísticas,
sobre todo cuando hay hambre y frustración. El desarrollo de un país
se logra cuando su gente se desarrolla, sus regiones crecen cuando sus habitantes
crecen, progresan.
Es sabido que el mayor tesoro que tiene un país
es su Recurso Humano y su desarrollo espiritual porque una sociedad en la
que Dios está ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores
morales y la fuerza para vivir según la pauta de estos valores[2],
y es esto lo que debemos privilegiar en todo esquema de desarrollo; por eso la
inversión en educación, en salud, en nutrición tiene que
ser vista como tal, como inversión, y no como gasto. La mejor
inversión que podemos hacer está en atender a las madres gestantes,
al niño por nacer, a la infancia y a la juventud; fortalecer la familia,
patrimonio de la humanidad, porque la familia es decisiva para las
dimensiones básicas de la vida y para el desarrollo integral de los recursos
humanos de un país.
Nosotros no somos dueños del futuro de
nuestro país y menos aún de los sueños de nuestros niños
y jóvenes; pero sí podemos construir aquello que les permita vivir
con esperanza e ilusión. Debemos desarrollar para ello una conciencia crítica
y actitudes éticas auténticas, pues la ética es el único
mecanismo que puede dar dirección a un proceso de desarrollo con rostro
humano.
Si no pensamos, actuamos y crecemos como discípulos de Jesús
para los creyentes y personas de buena voluntad, todos juntos y equitativamente,
jamás creceremos como país y menos aún como nación.
Debemos tener real voluntad de crecer y generar verdaderas oportunidades para
los demás, especialmente para los más desfavorecidos.
Que
Dios nuestro Padre, Señor de la historia, de la vida y de la paz, les otorgue
abundantes gracias y bendiciones para alcanzar, como buenos discípulos
y ciudadanos, el camino del desarrollo con equidad, y del progreso económico
con justicia social. Y a todos los compatriotas, que están en el Perú
y en el extranjero, les hago llegar mi bendición, y les deseo en estas
fechas FELICES FIESTAS PATRIAS. |