Hermanas
y hermanos:
Nos
lo dice Jesús con la parábola de la higuera, que si no da frutos
es inútil que ocupe lugar. Es una parábola que nos interpela de
lleno a cada uno y a la comunidad eclesial. No quiere meternos angustia en el
cuerpo, pero si estimularnos a dar frutos, y este año, sin esperar al que
viene.
Pablo, a los cristianos de Corinto, les avisaba que no todos los
que hicieron el camino con Moisés por el desierto agradaron a Dios. No
fueron fieles a la Alianza, se dejaron llevar de las tentaciones de los pueblos
vecinos, siguiendo su estilo de vida. Se buscaron otros dioses más permisivos.
Por
eso no entraron en la tierra prometida. Para Pablo eso debería servirnos
de escarmiento. No basta con pertenecer al pueblo de Dios, o con decir unas oraciones
o llevar unas medallas. No basta ser unos árboles plantados en el jardín
de Dios. Algo debe cambiar en nuestra vida, en nuestro estilo de pensar y de actuar.
¿Que clase de árbol frutal somos cada uno de nosotros?
¿damos los frutos que el agricultor espera? En la Pascua de este año
tendríamos que tomar la decisión de responder mejor a las expectativas
que Dios tiene sobre cada uno de nosotros. No en palabras, sino en obras.