| | | La
celebración del Día del Niño por Nacer nos invita
a contemplar el periodo de tiempo que todo hombre y mujer ha vivido hasta antes
de abrir sus ojos al mundo creado. El progreso de la tecnología va haciéndonos
más familiar y cercana aquella criatura que está en espera de nacer,
descubriéndonos más rasgos de su rostro humano.
El hombre,
buscador de la verdad, investiga los primeros instantes de la existencia del ser
humano, cuando éste apenas es una célula; y así hoy sabemos
que existe un fino diálogo de moléculas bioquímicas entre
el cuerpo de la mujer madre y su minúsculo hijo, una realidad que la ciencia
contempla maravillada. Por otra parte, se ha logrado que bebes nacidos muy prematuramente
que antes teníamos que conformarnos con ver agonizar puedan
ahora vivir; que enfermedades congénitas que antes inevitablemente
se agravarían a falta de una cura temprana sean ahora vencidas por
intervenciones médico-quirúrgicas dentro del seno materno. La ciencia
se abre así a la verdad del niño por nacer desde el tiempo
cero de su existencia, hasta sus últimas semanas de vida intrauterina
y constata lo que él es: un ser humano, tan miembro del género
humano como uno ya nacido.
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El
niño por nacer no es asunto de opinión, no es una fantasía,
ni una ilusión; tiene todo el peso y toda la fuerza de la realidad que
no se puede ignorar ni ocultar a la razón humana. De ello se sigue que
la inviolabilidad de la vida humana naciente no es sólo un mandamiento
de la fe cristiana, sino una ley natural inscrita en lo profundo del corazón
de todo hombre y mujer, válida para creyentes de cualquier credo
o agnósticos.
Fiel a su ministerio, el Santo Padre Benedicto XVI
ha hablado recientemente de la necesidad del coraje y de la valentía por
buscar la verdad, alentado a mantener despierta la sensibilidad por la verdad,
insistiendo en invitar una y otra vez a la razón a buscar la verdad,
a buscar el bien, a buscar a Dios.
Acojamos ese llamado, abrámonos
a la verdad del niño por nacer y seamos coherentes con ella. Ello implica
decirle no a la mentira del aborto, al engaño de la fertilización
in vitro, a la infame manipulación de embriones; porque inevitablemente
comportan la muerte de un ser humano. Esos niños embriones o fetos
tienen derecho a ser tratados según su dignidad y a nacer.
La verdad
de la Vida que hoy resucita y se alza triunfadora del pecado y de la muerte brillaba
ya en el seno purísimo de María Virgen, cuando con su sí
generoso aceptó ser la madre de ese niño por nacer que era el Hijo
de Dios. Que Ella proteja a los pequeños que en nuestro país corren
el riesgo de ser impedidos de nacer al mundo; y a nosotros nos obtenga la gracia
de mantenernos fieles a la Verdad y de comprometernos con la Vida. |