“El Reino de los Cielos es semejante a un propietario,
que salió a primera hora de la mañana a contratar
obreros para su viña... Salió hacia las 9 de la mañana...
salió otra vez al mediodía y luego a las 3 de la tarde...
a la undécima hora cuando salió otra vez...
les dijo: Vayan ustedes también a trabajar en mi viña”
(Mt 20,1-7)
 

"La parábola evangélica despliega ante nuestra mirada la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de personas, hombres y mujeres, que son llamadas por Él y enviadas para que tengan trabajo en ella. La viña es el mundo entero, que debe ser transformado según el designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios". Con estas palabras Su Santidad Juan Pablo II nos introduce a la Exhortación Apostólica Post-Sinodal "Christifideles Laici", documento que imprescindiblemente debe iluminar todo el caminar de los laicos.

¿Qué cristiano consciente puede sustraerse al mandato divino de trabajar en.la viña? ¿y qué sucede con quienes no han profundizado en su compromiso bautismal? Al primero, haciendo carne en sí mismo el amor y solidaridad para con el hermano, le compete animar a los segundos con su testimonio personal, al encuentro con Cristo vivo, de modo que sepan dónde hallar la felicidad verdadera que les permita redescubrir el sentido de sus vidas y trabajar siempre orientados hacia el engrandecimiento del Reino de Dios.

Con el presente trabajo intentamos penetrar en el vasto campo de acción del cristiano bautizado para incentivar a los laicos a identificar la misión que les corresponde allí donde los convoque el Señor, haciendo suyas las palabras de Juan Pablo II quien en la Novo Millennio Ineunte (50) dice: "Es la hora de una nueva imaginación de la caridad que promueva, no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestada, sino la capacidad de hacernos cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como una limosna humillante sino como un compartir fraterno", sólo así los bautizados asumirán su misión laical contribuyendo, en la parte que les corresponde, a la construcci6n de la "civilizaci6n del amor".

Como miembros activos de la Iglesia, jóvenes, adultos, ancianos, niños, todos tenemos el deber de hacer vida en nuestra propia persona la Palabra del Señor, para compartirla, en primer lugar, en nuestro entorno natural - la familia - y llevarla con hechos concretos al campo del trabajo, de la educación, de la política, en suma, donde quiero que vayamos o estemos. Cada uno lo hará de acuerdo a sus capacidades, según los dones recibidos y guiado por el Santo Espíritu de Dios.
 
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