«SPE SALVI facti sumus» - en esperanza fuimos salvados, dice San Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rm 8, 24).
 
Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esa meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino.

Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. Todos necesitamos tener esperanzas, diferentes según los períodos de la vida, más grandes o más pequeñas, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza de Dios, aquellas no bastan. Sólo su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es «realmente» vida.

En este tiempo de misión que estamos viviendo, tiempo de gracia y compromiso, que nuestra esperanza sea siempre, y esencialmente también, esperanza para los otros; sólo así será realmente también esperanza para mí. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil. Para los adultos mayores, que transitan por esa edad privilegiada de la vida, la esperanza marca su camino seguro para seguir siendo los discípulos misioneros que anuncian la Buena Nueva y trasmiten la experiencia y sabiduría de sus vidas a las nuevas generaciones.

Que nuestra madre María, estrella de la esperanza, nos enseñe a creer, esperar y amar como ella y nos guíe en nuestro caminar.

Con mi bendición.

+ Carlos García Camader
Obispo de Lurín
Presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Laical

Lima, agosto de 2008
 
Copyright © 2005 Conferencia Episcopal Peruana - Todos los derechos reservados