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Se
nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos
ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la
cual podemos afrontar nuestro presente: el presente aunque
sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva
hacia una meta, si podemos estar seguros de esa meta y si
esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino.
Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza
el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros
por sí solos no podemos alcanzar. Todos necesitamos
tener esperanzas, diferentes según los períodos
de la vida, más grandes o más pequeñas,
que día a día nos mantengan en camino. Pero
sin la gran esperanza de Dios, aquellas no bastan. Sólo
su amor es para nosotros la garantía de que existe
aquello que esperamos en lo más íntimo de
nuestro ser: la vida que es «realmente» vida.
En este tiempo de misión que estamos viviendo, tiempo
de gracia y compromiso, que nuestra esperanza sea siempre,
y esencialmente también, esperanza para los otros;
sólo así será realmente también
esperanza para mí. Nunca es demasiado tarde para
tocar el corazón del otro y nunca es inútil.
Para los adultos mayores, que transitan por esa edad privilegiada
de la vida, la esperanza marca su camino seguro para seguir
siendo los discípulos misioneros que anuncian la
Buena Nueva y trasmiten la experiencia y sabiduría
de sus vidas a las nuevas generaciones.
Que nuestra madre María, estrella de la esperanza,
nos enseñe a creer, esperar y amar como ella y nos
guíe en nuestro caminar.
Con mi bendición.
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