|
Queridos
jóvenes:
Con ocasión de la XXII Jornada Mundial de la Juventud
, que se celebrará en las diócesis el próximo Domingo de
Ramos, quisiera proponer para vuestra meditación las palabras de Jesús:
Amaos unos a otros como yo os he amado (cf. Jn 13,34).
¿Es
posible amar?
Toda persona siente el deseo de amar y de ser amado.
Sin embargo, ¡qué difícil es amar, cuántos errores
y fracasos se producen en el amor! Hay quien llega incluso a dudar si el amor
es posible. Las carencias afectivas o las desilusiones sentimentales pueden hacernos
pensar que amar es una utopía, un sueño inalcanzable, ¿habrá,
pues, que resignarse? ¡No! El amor es posible y la finalidad de este mensaje
mío es contribuir a reavivar en cada uno de vosotros, que sois el futuro
y la esperanza de la humanidad, la fe en el amor verdadero, fiel y fuerte; un
amor que produce paz y alegría; un amor que une a las personas, haciéndolas
sentirse libres en el respeto mutuo. Dejadme ahora que recorra con vosotros, en
tres momentos, un itinerario hacia el descubrimiento del amor. Dios,
fuente del amor
El primer momento hace referencia a la única fuente
del amor verdadero, que es Dios. San Juan lo subraya bien cuando afirma que Dios
es amor (1 Jn 4,8.16); con ello no quiere decir sólo que Dios nos
ama, sino que el ser mismo de Dios es amor. Estamos aquí ante la revelación
más esplendorosa de la fuente del amor que es el misterio trinitario: en
Dios, uno y trino, hay una eterna comunicación de amor entre las personas
del Padre y del Hijo, y este amor no es una energía o un sentimiento, sino
una persona: el Espíritu Santo.
La Cruz de Cristo revela plenamente
el amor de Dios
¿Cómo se nos manifiesta Dios-Amor? Estamos
aquí en el segundo momento de nuestro itinerario. Aunque los signos del
amor divino ya son claros en la creación, la revelación plena del
misterio íntimo de Dios se realizó en la Encarnación , cuando
Dios mismo se hizo hombre. En Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, hemos
conocido el amor en todo su alcance. De hecho, la verdadera originalidad
del Nuevo Testamento he escrito en la Encíclica Deus caritas est
no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y
sangre a los conceptos: un realismo inaudito (n. 12). La manifestación
del amor divino es total y perfecta en la Cruz , como afirma san Pablo: La
prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores,
murió por nosotros (Rm 5,8). Por tanto, cada uno de nosotros, puede
decir sin equivocarse: Cristo me amó y se entregó por mí
(cf. Ef 5,2).
Redimida por su sangre, ninguna vida humana es inútil
o de poco valor, porque todos somos amados personalmente por Él con un
amor apasionado y fiel, con un amor sin límites. La Cruz , locura para
el mundo, escándalo para muchos creyentes, es en cambio sabiduría
de Dios para los que se dejan tocar en lo más profundo del propio
ser, pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil
de Dios es más fuerte que los hombres (1 Co 1,24-25). Más
aún, el Crucificado, que después de la resurrección lleva
para siempre los signos de la propia pasión, pone de relieve las falsificaciones
y mentiras sobre Dios que hay tras la violencia, la venganza y la exclusión.
Cristo es el Cordero de Dios, que carga con el pecado del mundo y extirpa el odio
del corazón del hombre. Ésta es su verdadera revolución:
el amor.
Amar al prójimo como Cristo nos ama
Llegamos
aquí al tercer momento de nuestra reflexión. En la Cruz Cristo grita:
Tengo sed (Jn 19,28), revelando así una ardiente sed de amar
y de ser amado por todos nosotros. Sólo cuando percibimos la profundidad
y la intensidad de este misterio nos damos cuenta de la necesidad y la urgencia
de que lo amemos como Él nos ha amado. Esto comporta también
el compromiso, si fuera necesario, de dar la propia vida por los hermanos, apoyados
por el amor que Él nos tiene. Ya en el Antiguo Testamento Dios había
dicho: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19,18),
pero la novedad de Cristo consiste en el hecho de que amar como Él nos
ha amado significa amar a todos, sin distinción, incluso a los enemigos,
hasta el extremo (cf. Jn 13,1).
Testigos del amor de Cristo
Quisiera
ahora detenerme en tres ámbitos de la vida cotidiana en los que vosotros,
queridos jóvenes, estáis llamados de modo particular a manifestar
el amor de Dios. El primero es la Iglesia , que es nuestra familia espiritual,
compuesta por todos los discípulos de Cristo. Siendo testigos de sus palabras
La señal por la que conocerán que sois discípulos
míos, será que os amáis unos a otros (Jn 13,35) ,
alimentad con vuestro entusiasmo y vuestra caridad las actividades de las parroquias,
de las comunidades, de los movimientos eclesiales y de los grupos juveniles a
los que pertenecéis. Sed solícitos en buscar el bien de los demás,
fieles a los compromisos adquiridos. No dudéis en renunciar con alegría
a algunas de vuestras diversiones, aceptad de buena gana los sacrificios necesarios,
dad testimonio de vuestro amor fiel a Cristo anunciando su Evangelio especialmente
entre vuestros coetáneos.
Prepararse para el futuro
El
segundo ámbito, donde estáis llamados a expresar el amor y a crecer
en él, es vuestra preparación para el futuro que os espera. Si sois
novios, Dios tiene un proyecto de amor sobre vuestro futuro matrimonio y vuestra
familia, y es esencial que lo descubráis con la ayuda de la Iglesia , libres
del prejuicio tan difundido según el cual el cristianismo, con sus preceptos
y prohibiciones, pone obstáculos a la alegría del amor y, en particular,
impide disfrutar plenamente esa felicidad que el hombre y la mujer buscan en su
amor recíproco.
El amor del hombre y de la mujer da origen a la
familia humana y la pareja formada por ellos tiene su fundamento en el plan original
de Dios (cf. Gn 2,18-25). Aprender a amarse como pareja es un camino maravilloso,
que sin embargo requiere un aprendizaje laborioso.
El período del
noviazgo, fundamental para formar una pareja, es un tiempo de espera y de preparación,
que se ha de vivir en la castidad de los gestos y de las palabras. Esto permite
madurar en el amor, en el cuidado y la atención del otro; ayuda a ejercitar
el autodominio, a desarrollar el respeto por el otro, características del
verdadero amor que no busca en primer lugar la propia satisfacción ni el
propio bienestar. En la oración común pedid al Señor que
cuide y acreciente vuestro amor y lo purifique de todo egoísmo. Non dudéis
en responder generosamente a la llamada del Señor, porque el matrimonio
cristiano es una verdadera y auténtica vocación en la Iglesia.
Igualmente
, queridos y queridas jóvenes, si Dios os llama a seguirlo en el camino
del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada, estad preparados para decir
sí. Vuestro ejemplo será un aliciente para muchos de
vuestros coetáneos, que están buscando la verdadera felicidad.
Crecer
en el amor cada día
El tercer ámbito del compromiso que
conlleva el amor es el de la vida cotidiana en sus diversos aspectos. Me refiero
sobre todo a la familia, al estudio, al trabajo y al tiempo libre. Queridos jóvenes,
cultivad vuestros talentos no sólo para conquistar una posición
social, sino también para ayudar a los demás a crecer.
Desarrollad vuestras capacidades, no sólo para ser más competitivos
y productivos, sino para ser testigos de la caridad. Unid
a la formación profesional el esfuerzo por adquirir conocimientos religiosos,
útiles para poder desempeñar de manera responsable vuestra misión.
De modo particular, os invito a profundizar en la doctrina social de la Iglesia
, para que sus principios inspiren e iluminen vuestra actuación en el mundo.
Que el Espíritu Santo os haga creativos en la caridad, perseverantes en
los compromisos que asumís y audaces en vuestras iniciativas, contribuyendo
así a la edificación de la civilización del amor.
El horizonte del amor es realmente ilimitado: ¡es el mundo entero!
Atreverse
a amar siguiendo el ejemplo de los santos
Queridos jóvenes,
quisiera invitaros a atreverse a amar, a no desear más que
un amor fuerte y hermoso, capaz de hacer de toda vuestra vida una gozosa realización
del don de vosotros mismos a Dios y a los hermanos, imitando a Aquél que,
por medio del amor, ha vencido para siempre el odio y la muerte (cf. Ap 5,13).
El amor es la única fuerza capaz de cambiar el corazón del hombre
y de la humanidad entera, haciendo fructíferas las relaciones entre hombres
y mujeres, entre ricos y pobres, entre culturas y civilizaciones.
De esto
da testimonio la vida de los Santos, verdaderos amigos de Dios, que son cauce
y reflejo de este amor originario. Esforzaos en conocerlos mejor, encomendaos
a su intercesión, intentad vivir como ellos. Me limito a citar a la Madre
Teresa que, para corresponder con prontitud al grito de Cristo Tengo sed,
grito que la había conmovido profundamente, comenzó a recoger a
los moribundos de las calles de Calcuta, en la India. Desde entonces, el único
deseo de su vida fue saciar la sed de amor de Jesús, no de palabra, sino
con obras concretas, reconociendo su rostro desfigurado, sediento de amor, en
el rostro de los más pobres entre los pobres. La Beata Teresa puso en práctica
la enseñanza del Señor: Cada vez que lo hicisteis a uno de
estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis (Mt 25,40). Y el mensaje
de esta humilde testigo del amor se ha difundido por el mundo entero.
El
secreto del amor
Cada uno de nosotros, queridos amigos, puede llegar
a este grado de amor, pero solamente con la ayuda indispensable de la gracia divina.
Sólo la ayuda del Señor nos permite superar el desaliento ante la
tarea enorme por realizar y nos infunde el valor de llevar a cabo lo que humanamente
es impensable. La gran escuela del amor es, sobre todo, la Eucaristía.
Cuando se participa regularmente y con devoción en la Santa Misa , cuando
se transcurre en compañía de Jesús eucarístico largos
ratos de adoración, es más fácil comprender lo ancho, lo
largo, lo alto y lo profundo de su amor, que supera todo conocimiento (cf. Ef
3,17-18). Además, el compartir el Pan eucarístico con los hermanos
de la comunidad eclesial nos impulsa a convertir con prontitud el
amor de Cristo en generoso servicio a los hermanos, como lo hizo la Virgen con
Isabel.
Hacia el encuentro de Sydney
A este respecto, resulta
iluminadora la exhortación del apóstol Juan: Hijos míos,
no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos
que somos de la verdad (1 Jn 3,18-19). Queridos jóvenes, con este
espíritu os invito a vivir la próxima Jornada Mundial de la Juventud
junto con vuestros Obispos en las propias diócesis. Ésta representará
una etapa importante hacia el encuentro de Sydney, cuyo tema será: Recibiréis
la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis
mis testigos(cf. Hch 1,8). María, Madre de Cristo y de la Iglesia
, os ayude a hacer resonar en todas partes el grito que ha cambiado el mundo:
¡Dios es amor!. Os acompaño con la oración y os
bendigo de corazón. Vaticano, 27 de enero de 2007
|